sábado, mayo 22, 2010

El sátiro sordo

"El sátiro sordo", de Rubén Darío, un hermoso cuento de su libro Azul.

Habitaba cerca del Olimpo un sátiro, y era el viejo rey de su selva. Los dioses le habían dicho: "Goza, el bosque es tuyo; sé un feliz bribón, persigue ninfas y suena tu flauta". El sátiro se divertía.
Un día que el padre Apolo estaba tañendo la divina lira, el sátiro salió de sus dominios y fue osado a subir al sacro monte y sorprender al dios crinado. Éste le castigó tornándole sordo como una roca. En balde en las espesuras de la selva llena de pájaros se derramaban los trinos y emergían los arrullos. El sátiro no oía nada. Filomela llegaba a cantarle sobre su cabeza enmarañada y coronada de pámpanos, canciones que hacían detenerse los arroyos y enrojecerse las rosas pálidas. Él permanecía impasible, o lanzaba sus carcajadas salvajes y saltaba lascivo y alegre cuando percibía por el ramaje lleno de brechas alguna cadera blanca y rotunda que acariciaba el sol con su luz rubia. Todos los animales le rodeaban como a un amo a quien se obedece.

A su vista, para distraerle, danzaban coros de bacantes encendidas en su fiebre loca, y acompañaban la armonía, cerca de él, faunos adolescentes, como hermosos efebos, que le acariciaban reverentemente con su sonrisa; y aunque no escuchaba ninguna voz, ni el ruido de los crótalos, gozaba de distintas maneras. Así pasaba la vida este rey barbudo que tenía patas de cabra.

Era sátiro caprichoso.

Tenía dos consejeros áulicos: una alondra y un asno. La primera perdió su prestigio cuando el sátiro se volvió sordo. Antes, si cansado de su lascivia soplaba su flauta dulcemente, la alondra le acompañaba.

Después, en su gran bosque, donde no oía ni la voz del olímpico trueno, el paciente animal de las largas orejas le servía para cabalgar, en tanto que la alondra, en los apogeos del alba, se le iba de las manos, cantando camino de los cielos.

La selva era enorme. De ella tocaba a la alondra la cumbre; al asno, el pasto. La alondra era saludada por los primeros rayos de la aurora; bebía rocío en los retoños; despertaba al roble diciéndole: "Viejo roble, despiértate". Se deleitaba con un beso del sol: era amada por el lucero de la mañana. Y el hondo azul, tan grande, sabía que ella, tan chica, existía bajo su inmensidad. El asno (aunque entonces no había conversado con Kant) era experto en filosofía según el decir común. El sátiro, que le ve ramonear en la pastura, moviendo las orejas con aire grave, tenía alta idea de tal pensador. En aquellos días el asno no tenía como hoy tan larga fama. Moviendo sus mandíbulas no se había imaginado que escribiese en su loa Daniel Heinsius, en latín, Passerat, Buffot y el gran Hugo en francés, Posada y Valderrama en español.

Él, pacienzudo, si le picaban las moscas, las espantaba con el rabo, daba coces de cuando en cuando y lanzaba bajo la bóveda del bosque el acorde extraño de su garganta. Y era mimado allí. Al dormir su siesta sobre la tierra negra y amable, le daban su olor las yerbas y las flores. Y los grandes árboles inclinaban sus follajes para hacerle sombra.

Por aquellos días, Orfeo, poeta, espantado de la miseria de los hombres, pensó huir a los bosques, donde los troncos y las piedras le comprenderían y escucharían con éxtasis, y donde él pondría temblor de armonía y fuego de amor y de vida al sonar de su instrumento.

Cuando Orfeo tañía su lira había sonrisa en el rostro apolíneo. Deméter sentía gozo. Las palmeras derramaban su polen, las semillas reventaban, los leones movían blandamente su crin. Una vez voló un clavel de su tallo hecho mariposa roja, y una estrella descendió fascinada y se tomó en flor de lis.

¿Qué selva mejor que la del sátiro a quien él encantaría, donde sería tenido como un semidiós; selva toda alegría y danza, belleza y lujuria; donde ninfas y bacantes eran siempre acanciadas y siempre vírgenes; donde había uvas y rosas y ruido de sistros, y donde el rey caprípede bailaba delante de sus faunos, beodo y haciendo gestos como Sileno?

Fue como su corona de laurel, su lira, su frente de poeta orgulloso, erguida y radiante.

Llegó hasta donde estaba el sátiro velludo y montaraz, y para pedirle hospitalidad, cantó. Cantó del gran Jove, de Eros y de Afrodita, de los centauros gallardos y de las Ibacantes ardientes. Cantó la copa de Dionisio, y el tirso que hiere el aire alegre, y a Pan, Emperador de las Montañas, Soberano de los Bosques, dios-sátiro que también sabía cantar. Cantó de las intimidades del aire y de la tierra, gran madre. Así explicó la melodía de un arpa eolia, el susurro de una arboleda, el ruido ronco de un caracol y las notas armónicas que brotan de una siringa. Cantó del verso, que baja del cielo y place a los dioses, del que acompaña el bárbitos en la oda y el tímpano en el peán. Cantó los senos de nieve tibia y las copas de oro labrado, y el buche del pájaro y la gloria del sol.

Y desde el principio del cántico brilló la luz con más fulgores. Los enormes troncos se conmovieron, y hubo rosas que se deshojaron y lirios que se inclinaron lánguidamente como en un dulce desmayo. Porque Orfeo hacia gemir los leones y llorar los guijarros con la música de su lira rítmica. Las bacantes más furiosas habían callado y le oían como en un sueño. Una náyade virgen a quien nunca ni una sola mirada del sátiro había profanado, se acercó tímida al cantor y le dijo: "Yo te amo". Filomela había volado a posarse en la lira como la paloma anacreóntica. No había más eco que el de la voz de Orfeo. Naturaleza sentía el himno. Venus, que pasaba por las cercanías, preguntó de lejos con su divina voz: "¿Está aquí acaso Apolo?"
Y en toda aquella inmensidad de maravillosa armonía, el único que no oía nada era el sátiro sordo.

Cuando el poeta concluyó, dijo a éste:

-¿Os place mi canto? Si es así, me quedaré con vos en la selva.


El sátiro dirigió una mirada a sus dos consejeros. Era preciso que ellos resolviesen lo que no podía comprender él. Aquella mirada pedía una opinión.

-Señor -dijo la alondra, esforzándose en producir la voz más fuerte de su buche-, quédese quien así ha cantado con nosotros. He aquí que su lira es bella y potente. Te ha ofrecido la grandeza y la luz rara que hoy has visto en tu selva. Te ha dado su armonía. Señor, yo sé de estas cosas. Cuando viene el alba desnuda y se despierta el mundo, yo me remonto a los profundos cielos y vierto desde la altura las perlas invisibles de mis trinos, y entre las claridades matutinas tú melodía inunda el aire, y es el regocijo del espacio. Pues yo te digo que Orfeo ha cantado bien, y es un elegido de los dioses. Su música embriagó el bosque entero. Las águilas se han acercado a revolar sobre nuestras cabezas, los arbustos floridos han agitado suavemente sus incensarios misteriosos, las abejas han dejado sus celdillas para venir a escuchar. En cuanto a mí, ¡oh señor!, si yo estuviese en lugar tuyo le daría mi guirnalda de pámpanos y mi tirso. Existen dos potencias: la real y la ideal. Lo que Hércules haría con sus muñecas, Orfeo lo hace con su inspiración. El dios robusto despedazaría de un puñetazo al mismo Atos. Orfeo les amansaría con la eficacia de su voz triunfante, a Nernea su león y a Erimanto su jabalí. De los hombres, unos han nacido para forrar los metales, otros para arrancar del suelo fértil las espigas del trigal, otros para combatir en las sangrientas guerras, y otros para enseñar, glorificar y cantar. Si soy tu copero y te doy vino, goza tu paladar; si te ofrezco un himno, goza tu alma.

Mientras cantaba la alondra, Orfeo le acompañaba con su instrumento, y un vasto y donante soplo lírico se escapaba del bosque verde y fragante. El sátiro sordo comenzaba a impacientarse. ¿Quién era aquel extraño visitante?. ¿Por qué ante él había cesado la danza loca y voluptuosa? ¿Qué decían sus dos consejeros?

¡Ah, la alondra había cantado, pero el sátiro no oía! Por fin, dirigió su vista al asno.

¿Faltaba su opinión? Pues bien, ante la selva enorme y sonora, bajo el azul sagrado, el asno movió la cabeza de un lado a otro, grave, terco, silencioso, como el sabio que medita.

Entonces, con su pie hendido, hirió el sátiro el suelo, arrugó su frente con enojo, y sin darse cuenta de nada, exclamó, señalando a Orfeo la salida de la selva:

-¡No!

Al vecino Olimpo llegó el eco, y resonó allá, donde los dioses estaban de broma, un coro de carcajadas formidables que después se llamaron homéricas.

Orfeo salió triste de la selva del sátiro sordo y casi dispuesto a ahorcarse del primer laurel que hallase en su camino.

No se ahorcó, pero se casó con Eurídice.

FIN

domingo, mayo 16, 2010

Primavera (VIII)


Ninfa y sátiro. Esmalte sobre azulejo (35x25)

miércoles, mayo 05, 2010

Medina Sidonia en la Guerra de la Independencia (XI)



El mariscal Victor, Duque de Bellune

Gratificaciones de mesa


El 4 de mayo de 1810 se comunicaba desde el cuartel general de Chiclana al comisario regio Joaquín María Sotelo la orden del mariscal Victor de establecer una "gratificación" extraordinaria a los oficiales superiores del Primer Cuerpo de Ejército para que pudieran atender a sus mesas. Sus generales y coroneles le habían referido la imposibilidad de cubrir con su asignación tales gastos debido al precio excesivo de todos los artículos de consumo. La llamada "indemnización de mesa", que regiría desde el 1 de abril, afectaría a todos los pueblos comprendidos en el distrito que ocupaba el Primer Cuerpo. El Duque de Bellune aclaraba en un estado las cantidades que debían recibir mensualmente sus hombres y pedía que se tomaran las medidas oportunas para que las mismas se llevaran al Pagador de Ejército en épocas fijas, de modo que pudieran ser pagadas cada 15 días. Al día siguiente, Sotelo daba cuenta de lo ordenado al Presidente de la Junta de Subsistencias de Jerez, organismo por el que debía formalizarse el reparto a los pueblos de la Prefectura, entre los que se encontraba Medina Sidonia.
El 12 de mayo don Joaquín Mergelina comunicaba a las autoridades asidonenses que a la ciudad de Medina se le habían asignado 15.000 reales mensuales por este concepto. En el plazo de ocho días debía verificarse el pago de lo correspondiente a abril, y dentro del propio mes corriente la cantidad de mayo. En adelante, las cantidades se entregarían en Jerez, por mitad, cada 15 días. El mariscal Victor no admitía dilación en este servicio: "De su realización pronta pueden esperarse felices resultados, y muy desagradables de no verificarse”.

domingo, marzo 21, 2010

Medina Sidonia en la Guerra de la Independencia (X)



Francisco Amorós y Ondeano, militar, pedagogo y político
La Constitución de Bayona
En los primeros días de marzo de 1810, bien asentado el ejército francés ya en la ciudad, llegaba a Medina Sidonia el primer ejemplar de la Constitución de Bayona, la ley suprema por la que habrían de regirse los territorios del monarca José I. El consejero de Estado y ministro de Policía interino Francisco Amorós Ondeano, que acompañó al Rey en su viaje por las Andalucías para organizar su gobierno, lo remitió junto con una circular, impresa en Jerez el día 1 de marzo, en la que daba cuenta de las ventajas que ofrecía la nueva ley a los españoles.
Amorós, uno de los miembros de la Asamblea de Bayona en la que se redactó la Carta, decía que fue compuesta “libremente y sin sujección alguna”, en un momento en que que la nación se hallaba “abandonada por todos sus príncipes" y sufría las desgracias de "su mal gobierno”. Durante 12 sesiones discutieron los diputados “sin testigo ni obstáculo alguno que oprimiese las demostraciones de su patriotismo y, después de muchas correcciones, quedó concluida la obra más perfecta y completa que se conoce en todos los estados constituidos de la Europa”.
Es falso, pues, todo lo que se ha dicho sobre que no tuvimos libertad y que por esta razón era el pacto nulo, y confieso que ningún suceso de mi vida me ha llenado de más gloria y contento que aquél en que me consideré uno de los individuos que habían tenido parte en tan digna y patriótica empresa.

En su opinión, por engaños de hombres perversos, se estaba haciendo injustamente la guerra a los franceses, los mismos que habían favorecido la existencia de tan deseada Constitución. El estado presente de la nación sería mejor si se hubiese dejado obrar al rey José, este nuevo Tito “que no se contenta, como el antiguo, en hacer cada día un hombre feliz, sino que quiere hacer muchos muchos".
La lectura del texto convencería a todos de que sólo se pensaba en la "felicidad" del pueblo y en su progreso. Se respetaba la religión católica, se afianzaba la sucesión de la corona, se arreglaba la regencia del Reino, se dotaba a la corona con rentas fijas y al rey con un salario, sin que pudiera abusar del tesoro público ni malversar las rentas que producía el sudor de sus vasallos, como sucedía antes; quedaban arreglados los oficios y empleos de la Casa Real, y creados otros ministerios nuevos que producirían mejor orden en el despacho de los asuntos, evitándose el desacierto que provocaba el despotismo de un favorito; se creaba el Senado, "que ha de ser el palacio de la Libertad individual y de la imprenta"; un Consejo de Estado, "tan diferente del antiguo como es la ociosidad del trabajo"; se establecían unas Cortes "respetabilísimas", que recobraban los antiguos derechos que les habían usurpado los soberanos, y con facultad de formar leyes cimentadas en el interés de los ciudadanos; las posesiones de Ultramar gozarían de las mismas ventajas que las peninsulares; el orden judicial quedaba afianzado en los principios de unidad, independencia y confianza, instituyéndose por vez primera tribunales de conciliación que habían de evitar las ruinas de muchas familias; se aseguraba la buena administración de la Hacienda Pública, garantizándose los créditos del Estado y evitándose la bancarrota que ya se sufría en el anterior gobierno; se suprimían las aduanas interiores, que tanto perjudicaban al fomento de la agricultura y la industria; se igualaba el sistema de contribuciones y se suprimían los privilegios particulares; quedaba abolido el tormento y dulcificada la pena de prisión...
Sólo falta que, penetrando este pacto sagrado desde el palacio más suntuoso hasta la más humilde choza y conociendo todos el grande interés que tienen en observarlo y en venerar a un Rey que lo merece por tantos títulos, contribuyan a la pacificación general de la monarquía, se aprovechen de la amnistía que generosamente les ha ofrecido S. M. y hagan cesar las calamidades de una guerra funesta, impolítica y que ya podemos graduar de parricida.

Amorós se preciaba de haber tenido desde el primer momento un mismo pensamiento, pero no por esto se consideraba mejor que los españoles que habían seguido el partido contrario, pues estaban engañados creyendo defender una buena causa. Muchos de ellos habían comprendido ya que se encontraban en un error, y saludaban con agrado al benéfico nuevo rey.
Ahora todos le aman, todos nos hemos uniformado en nuestras opiniones, y todos somos y seremos buenos españoles, olvidando pasados resentimientos y enemistades, y dando solo abrigo en nuestros corazones a la más cordial fraternidad. Dichosos aquellos que han visto llegar esta época de gloria y felicidad y que han podido abrazarse como buenos hermanos, y presentar al piadoso soberano que nos ha deparado la Providencia el hermoso espectáculo de ver reunidos los españoles como una misma familia y con unos mismos sentimientos de amor, respeto y gratitud a su augusta persona.

domingo, febrero 21, 2010

Medina Sidonia en la Guerra de la Independencia (IX)



El general Latour-Maubourg


A los pocos días de la llegada de las tropas de caballería francesa a Medina Sidonia a principios de febrero de 1810, fue destacado a la ciudad el general de división Latour-Maubourg. Su misión: asegurar la retaguardia de la línea del bloqueo de Cádiz, sostener el empuje de las partidas que bajaban de la Sierra y preparar la ocupación de las plazas del Campo de Gibraltar. El General permaneció en Medina al menos hasta mediados de diciembre de ese año, alojado en las casas del rico propietario don Juan de Pareja Padilla, en el Llanete de Herederos, en lo que hoy es el Hotel Medina Sidonia.
Victor de Fay de Latour-Maubourg, o La Tour Maubourg (La Motte-de-Galaure, en 1768- Dammarie-lès-Lys en 1850), hermano del también militar y político Charles César de Fay de La Tour-Maubourg (1756-1831), pasó su infancia en el castillo de Maubourg (Alto Loira) y se convirtió en mosquetero de la Reina a los 14 años. Era subteniente de Infantería en 1782 y, como guardia de corps, le tocó estar en el castillo de Versalles en las jornadas de 5 y 6 de octubre de 1789, acompañando a María Antonieta cuando el populacho invadió el palacio. Emigró con el resto de su familia en 1792 con deseo de llegar a Holanda, pero fue detenido por los austriacos, sufriendo un breve cautiverio. En 1798 regresó a Francia. Ya con Napoleón, fue ayudante de Kleber y de Meron en la campaña de Egipto, recibiendo su primera herida en el asalto de Alejandría. Coronel de caballería en 1805, ascendió a general de brigada en la batalla de Austerlitz. Participa en las campañas de Prusia y Polonia (fue herido en la batalla de Dreypen). Asciende a general de división pocos días antes de Friedland, donde fue herido nuevamente. Destinado a España (1808) para dirigir la caballería del Ejército del Mediodía, destacó en las batallas de Madrid, Cuenca y, sobre todo, Medellín. Durante cuatro años que permaneció en la Península mereció por su moderación, demostrada en muchas ocasiones, el afecto del pueblo español. Llamado a Francia en 1812 para hacerse cargo del primer cuerpo de caballería del ejército de Rusia, manda el Batallón Sagrado, compuesto únicamente de oficiales. Se distinguió en Moscú, Majarik y durante la retirada de las tropas napoleónicas. Durante la campaña de 1813 destaca en Dresde. Una bala de cañón le arrancó una pierna en Leipzig mientras cargaba contra la guardia imperial rusa. Viendo a su sirviente llorar le dijo: «Consuélate, amigo mío, la desgracia no es tan grande para ti… Después de todo, ya no tendrás que encerar más que una bota». La amputación le fue practicada por el célebre cirujano el ejército imperial Dominique Larrey, quien anotó en sus Memorias: «Recibió un disparo de pequeño calibre que le rompió la rodilla derecha, herida grave que precisó la amputación de la pierna, reclamada por el propio herido. Yo la practiqué inmediatamente bajo el fuego del enemigo. Fue realizada en menos de tres minutos». Unido a quienes provocaron la caída del Emperador, ocupó altos puestos en la política de la Restauración. Fue nombrado par de Francia el 2 de junio de 1814 por Luis XVIII, convirtiéndose en marqués en 1817, año en que marcha a Londres como embajador. Fue Ministro de Estado y Ministro de la Guerra entre 1819 y 1821. En sus Memorias, el Conde de Agoult refiere que cuando Victor de Latour-Maubourg presentó a Luis XVIII un documento para reducir el número de mariscales de Francia, el rey le dijo: « Firmo a mi pesar esta ordenanza pues tenía la intención de nombraros mariscal ». Latour-Maubourg no accedió jamás a la dignidad suprema. En 1820 se le confía la reorganización de la infantería francesa. En 1821 se convierte en Gobernador de Los Inválidos, cargo que ocupó hasta 1830. Renunció a reconocer la monarquía de julio, acompañó a Carlos X en su exilio de Praga y en 1835 fue nombrado preceptor del Duque de Burdeos. Murió en 1850. Entre sus méritos destacan la Gran Cruz de la Orden de la Reunión y de la Orden de la Legión de Honor, ambas concedidas por Napoleón; la Gran Cruz de la Orden de San Luis y el título de caballero de la Orden del Espítitu Santo, concedidos por Luis XVIII. Muy considerado entre sus contemporáneos, llevan su nombre actualmente un gran bulevar y una estación del metro de París.

domingo, enero 24, 2010

Medina Sidonia en la Guerra de la Independencia (VIII)



Fragmento de un grabado de 1766 que representa a la Virgen de la Paz. Tomado de la revista Puerta del Sol, nº 7

La festividad de la Virgen de la Paz
La imagen de la Virgen de la Paz, venerada en el Convento de San Agustín, se convirtió en patrona de la ciudad de Medina Sidonia en 1802 por bula del papa Pío VII fechada el 20 de agosto del mismo año. Las gestiones comenzadas al efecto por acuerdo del Ayuntamiento de 3 de enero de 1800 y encargadas al síndico personero de ese año, don Joaquín Pareja y Cortés, tenían, por fin, su recompensa. De todo ello nos daba cuenta pormenorizadamente Enrique Hormigo Sánchez en su artículo "La devoción a la Virgen de la Paz en Medina Sidonia", Puerta del Sol, 7 (2003), 10-24.
El ilustrado Pareja volvió a ocupar el cargo de síndico en 1808, y su primer discurso ante el cabildo (8 de enero), en el que señaló las pautas que habían de seguirse para la corrección de los males que acuciaban a la municipalidad y para el progreso de la ciudad, terminó precisamente con una nueva propuesta sobre la patrona: que se señalase como festivo el día de la Virgen en el almanaque público y que se renovase la solicitud al Consejo de Castilla para dotar, a cuenta del fondo de propios, la celebración del 24 de enero. Evidentemente, el corregidor Manuel de Rada no encontró persona más apropiada que Pareja para redactar el escrito que había de remitirse a Madrid. El 6 de febrero, el síndico lo presentaba ante el cabildo para su aprobación.
Ese año de 1808, por el mes de mayo, se produjo una procesión extraordinaria de la patrona hasta la Iglesia Mayor con motivo de las rogativas públicas realizadas en la ciudad para celebrar el advenimiento al trono de Fernando VII. El Ayuntamiento invitó al pueblo a sumarse a los actos y él mismo presidió la solemne función en la que predicó el dominico Manuel Arenas.
Pero con la invasión francesa, el Consejo de Castilla vio interrumpida sus relaciones temporalmente con los pueblos del Reino de Sevilla, adheridos a la insurrección general proclamada por la Junta Suprema de Sevilla, y el asunto de la dotación no avanzaba. Pareja y Cortés, miembro también de la Junta Gubernativa de Medina Sidonia, no dudó en aprovechar su viaje a Sevilla, para felicitar a la Suprema Junta y al general Castaños por la victoria de Bailén, para solicitar ante el nuevo órgano de Gobierno los dineros para la Virgen. El 29 de noviembre se daba cuenta en el cabildo de que el propio Consejo de Castilla había concedido la asignación de 900 reales anuales para su función.

jueves, diciembre 24, 2009

Navidad









Il presepe Cuciniello

La ruidosa Nápoles bien merece un viaje por las maravillas que se encuentran en ella y sus alrededores. En pleno mes de julio disfruté de unas Navidades anticipadas visitando la calle de San Gregorio Armeno, la colección de San Lorenzo, el Belén del Palacio de Caserta o este "Presepe Cuciniello" que se expone en una de las salas de las cocinas de la Cartuja de San Martín, en lo alto de la ciudad. Fue donado en 1877 por el arquitecto y comediógrafo Michele Cuciniello, que dos años más tarde se ocuparía de su montaje con la ayuda de Luigi Farina, para la ejecución del peñasco en madera, corcho y cartón pintados a la témpera; del arquitecto Fausto Niccolini, que se ocupó de la preciosa iluminación cenital; y del escenógrafo Luigi Massi, que pintó el paisaje y la cúpula celeste. Esta escenografía teatral, entre barroca y rococó, es un espléndido marco para la fiesta arcádica, al tiempo sagrada y profana, que contiene el pasaje de la Natividad, dispuesta en el centro de la composición y sobre la que se levanta una gloria de ángeles (a la cabalgata de los Magos le sigue la banda de música oriental tan del gusto napolitano), la Anunciación a los pastores y la taberna, repleta de todo tipo de alimentos. El modelado de las figuras y las vestimentas son auténticas filigranas.

¡Que disfrutéis con las fotos, y Feliz Navidad!

miércoles, diciembre 23, 2009

Medina Sidonia en la Guerra de la Independencia (VII)





Navidades hace 200 años en Medina


Una vez que los ejércitos españoles fueron derrotados en la batalla de Ocaña el 19 de noviembre de 1809, era cuestión de poco tiempo que las poderosas tropas francesas se adueñaran de Andalucía. A pesar de todo, la Suprema Junta Central no podía renunciar a su defensa, y para ello era necesario cubrir, entre otras, las necesidades de los hombres dispuestos en los pasos de Sierra Morena. El 6 de diciembre dictó una orden que obligaba, sin distinción de personas, al préstamo forzoso de la mitad del oro y plata labrada que tuvieran en su posesión los particulares con el fin de acuñar moneda. Leídas en el cabildo del Ayuntamiento de Medina Sidonia la orden y la instrucción que la acompañaba, se acordó cumplirla en el plazo de 8 días que se decretaba, y se comisionó al regidor don Pedro de los Hoyos para que, ayudado por un artista platero, recibiera las declaraciones juradas de los vecinos, comprobara el peso declarado y recogiera los efectos o el dinero equivalente. En caso de que no se quisieran entregar las piezas, se podían redimir ofreciendo 20 reales por onza de plata y 320 por onza de oro. Estaban exentos de declaración los adornos mujeriles, y se podía suplir el préstamo por la entrega gratuita de un tercio de lo que se poseyera. Todos los asidonenses que se vieron afectados por la orden (casi 70) prefirieron acogerse al donativo, probablemente pensando que era preferible perder un tercio a arriesgar la mitad cuando la fortuna del Estado era tan adversa y tan poco sólidas las garantías que podía ofrecer. Pero muy pocos quisieron entregar sus cubiertos, jícaras y bandejas de plata antes de la cena de Nochebuena, los más prefirieron presentar sus declaraciones después de la fiesta de Año Nuevo.
El padre fray Miguel del Espíritu Santo, religioso de los carmelitas y presidente del hospicio que éstos tenían establecido en la ciudad junto al Arco de Belén, se presentó ante el comisionado y le refirió que una persona le había dado en el confesonario una pieza abollada de plata, la cual quería que se entregase de donativo gratuito a la Patria para las urgencias en que se hallaba. Se trataba de una especie de candelero o peana de custodia que, una vez reconocida, resultó pesar nueve onzas y no las nueve y media que había declarado el padre fray Miguel.

viernes, noviembre 20, 2009

Simi la Hebrea

Una amena novelita moral
La historia de la joven judía gibraltareña Simi Cohen, que abrazó la fe cristiana y decidió dedicar su vida a la contemplación entre las agustinas del convento de Jesús, María y José de Medina Sidonia, sirvió a fray Conrado Muiños como argumento de una novelita piadosa que tuvo gran éxito a finales del siglo XIX y durante gran parte del XX. A su estudio dedicamos este artículo, que fue publicado recientemente en el número 3 de la revista El Barrio del I.E.S. San Juan de Dios de Medina Sidonia, magníficamente dirigida por nuestro querido Miguel Roa Guzmán.
Simi La Hebrea, Una Amena Novelita Moral

domingo, noviembre 08, 2009

Medina Sidonia en la Guerra de la Independencia (VI)





Nombres culpables

En el cabildo de 30 de septiembre de 1809 se leyó un memorial de Francisco Fernández Rodríguez, vecino de Medina Sidonia y diputado de su común, en el que exponía los graves perjuicios que estaba sufriendo la finca de su propiedad "nombrada del Santisimo, camino de la fuente", por encontrarse contiguo a ella el enorme hoyo, "que llaman del Barrero, de donde los vecinos de esta ciudad sacan tierra para obras de albañileria". Varios lienzos de tierra ya se habían corrido, "razon por la que se desminuia y acortava el resinto de dicha su hazienda, haviendo notado en los dos años ultimos se desgajaron dos porciones de terreno, en que se hallavan varias cepas y arvoles, los que se inutilisaron". Además, el propietario "no podia dejar de adbertir a las desgracias que estan espuestas varias personas, y con particularidad los jovenes que, con poca refleccion, se esponen a quedar sumerjidos vajo las ruinas al menor descuido, como ya se havia esperimentado". Rodríguez proponía al Ayuntamiento que "para evitar estos perjuicios, se determinase la prohivicion de cavar y sacar tierra en el recordado citio, y que se le consediese dicho hoyo, el que sercaria de vallado, por ser este el unico medio de evitar las escavaciones de tierra, lo que podia executarse sin detrimento de persona alguna en los serrillos del lado opuesto".
Una vez que se retiró del salón de plenos Francisco Rodríguez, el cabildo acordó que el regidor diputado de obras, Pedro de los Hoyos, pasase a inspeccionar el lugar y diera cuenta para tomar la resolución más conveniente.
Un mes más tarde, don Pedro de los Hoyos y don Juan Pérez Montero, diputado del común, constataban ante el cabildo "que padese considerable perjuicio la enunciada hazienda y un plantio, por la profundidad de dicho terreno causada de las continuas escavaciones, y quedar cuasi en el ayre el vallado de la misma". Se decidió entonces que Francisco Rodríguez manifestara "en forma" la tierra que pertenecía a su hacienda para, luego, tomar la determinación acertada al caso.
Nada más hemos leído al respecto en el libro capitular de aquel 1809, y en 1810 otras urgencias, la llegada de los franceses, preocupaban más a los ediles de la ciudad.
Suelo pasar a diario por delante de esta hacienda, cuyo nombre, "suficientemente" aireado en los últimos meses por la prensa y las televisiones por sórdidas razones que no vienen al caso, muchos parecen querer olvidar. El airoso rótulo de azulejos que la nombraba, embutido sobre la puerta del vetusto caserío, incluso ha sido arrancado en los últimos días; no sé si con el propósito de rebautizarlo o de contribuir a la "limpieza" de lugar tan visible para el forastero que llega. Afortunadamente, siempre nos quedarán los documentos para salvar las palabras y la memoria.
Mucha lástima me dio también llegar al majestuoso y casi arruinado arco encalado que servía de portada a una antigua finca del Hoyo de Santa Ana y encontrar que otro "picaparedes" me había privado de conocer el nombre de la misma. Los vecinos más viejos del lugar sólo acertaron a decirme que fue una hacienda de la familia Varela, que comprendía varias de los alrededores, pero jamás habían podido leer el rótulo con su nombre. Cualquier día también esta preciosa construcción desaparecerá y sus airosos remates en espiral yacerán entre los cardos y las tunas. Sólo en los papeles nos quedará su recuerdo.

domingo, octubre 25, 2009

Medina Sidonia en la Guerra de la Independencia (V)


Bodegón de Tosantos. Jesús Romero Valiente

Los "Tosantos" de 1808
Después de un verano más feliz de lo que cabía esperar gracias a la fértil cosecha y a la victoria de las tropas españolas en Bailén, en la que también pusieron su granito de arena algunos mozos y voluntarios asidonenses (aunque no faltaron desertores), y no siendo aún del todo conscientes de lo que Napoleón estaba preparando esos días más allá de los Pirineos, los habitantes de Medina Sidonia se encomendaban a las tareas y los goces del otoño. Pronto llegaría la matanza del cerdo, y era preciso terminar de engordar las piaras con la bellota de las dehesas; así que sus propietarios las acercaban a los contaderos para registrarlas. Las primeras tagarninas se dejaban coger después de ver nacer la otoñada. En las iglesias, las cofradías de Ánimas preparaban sus funciones. Y a los mercados llegaban las frutas que, de siempre, se comían los días cercanos a Todos los Santos: los "tosantos".
En el cabildo de 30 de octubre de 1808 el síndico personero, Joaquín Pareja y Cortés, hacía presente la "necesidad indispensable que habia, de establecer posturas justas, y equitatibas, que conciliasen el interes de los vendedores con el beneficio publico del vecino comprador, evitando assi la arvitrariedad descarada y perjudicial, con que a costa del publico, se conducian los que habian traido para vender las frutas que, por una costumbre muy antiguada, se han hecho como alimentos de primera necesidad".
Se trataba por tanto de reglamentar el abasto de estos alimentos que, según vemos, acarreaban en gran parte vendedores forasteros.
"Despues de una larga discusión, dirigida a enterarse de los precios que corrian y de la abundancia o escasez que se advertia, se acordó -sigue diciendo el acta de cabildo- que la fanega de castañas se vendiera a cinquenta reales de vellón, la de brabia a quarenta y quatro, la arroba de peros de Pila a quince reales de vellón, la de Camuesa a dies y ocho, la de batatas de padron a veinte, la de batatin a dies y seis, la de Membrillos o malacatones a dies, y el ciento de nueses a dos reales, observandose estos precios assi en los puestos publicos todos, como por los que en sus casas vendiesen las mismas frutas"
De lo acordado se redactó edicto, que fue fijado, "desde las siete de la mañana, en los citios publicos, y particularmente en el meson de la Calle de la Plazuela, donde se Hospedan los fruteros," o sea la Posada de la Fruta. El regidor de mes se encargaría de velar por el exacto cumplimiento de lo dispuesto y de dar cuenta al Corregidor Presidente para imponer las penas y multas correspondientes a los contraventores.
A las batatas de padrón, más gruesas que las ordinarias (quien se interese por su cultivo puede consultar el Semanario de agricultura y artes dirigido a los párrocos, Madrid, 1798, t. 3, p. 114), los batatines o boniatos, los membrillos, las castañas y las nueces, los peros blancos de la Sierra de Ronda (que supongo serán éstos a los que el escribano llama "de pila"), melocotones tardíos y manzanas camuesas, sin duda se sumarían el dulce pan de higos, confeccionado por los propios hortelanos después de secar sus higos al sol y prensarlos en seretes, y otros muchos productos de la huerta y los campos asidonenses: granadas, calabazas, aceitunas, etc.

domingo, octubre 11, 2009

José Emilio Pardo (XXVII)


Engañado como un chino


Nuestro teniente Pardo había quedado gratamente impresionado por el colorido, las mercadurías y el ambiente del barrio chino, así que, a la mañana siguiente, decidió volver para conocerlo a la luz del día y recorrer otras zonas del mismo. En esta ocasión, le acompañaba un caballero francés.
Calles angostas y casas pequeñas y apiñadas lo forman casi en su totalidad, pues hay algunas grandes, cómodas y elegantes de chinos opulentos que poseen millones de duros y que viven con gran lujo, siendo sus coches y sus trenes superiores a los de los europeos ricos. Las tiendas son todas por el estilo de las que ocupan los judíos en Gibraltar o en Tánger, unos chiribitiles en donde apenas caben y en donde hay de todo.
Tentados por la curiosidad, nuestros amigos entraron en una de las tienduchas, donde los recibió un comerciante chino con una sonrisa de oreja a oreja, "que en esto son como los judíos, aunque ganan en pillería al más ladino hijo de Abraham o de Jacob". Después de degustar una taza de té, Pardo se encaprichó de unos pequeños jarrones y, como era de esperar, comenzó el regateo. El chino pidió por ellos treinta rupias. Pardo, a través de su intérprete francés, ofreció dos. El mercader se rio y bajó a 20. Pardo ofreció cuatro francos, y el vendedor aceptó. Realmente los cuatro francos equivalían a las dos rupias que había comenzado ofreciendo. Buen negocio, pensó nuestro marino.
Pero nada más salir por la puerta de la tienda, los jarrones se hicieron pedazos, "pues estaban rotos y pegados con goma". El vendedor presenció la escena como a quien no le iba nada en ello. Pardo acudió entonces a todos sus conocimientos de idiomas para desahogarse, y lo llamó pillo y ladrón en francés, inglés, español e italiano. Su amigo contribuyó a la lección insultándolo también en chino y malayo. El mercachifle seguía impávido, recogiendo ahora los tiestos a la vista de los transeúntes que habían acudido al vocerío. No le quedó más remedio que devolver el dinero.
Pasada la rabia del primer momento -escribe Pardo en su Diario-, nos echamos a reír, y el socarrón del chino, con los fragmentos de loza en la mano, hacía coro a nuestras carcajadas... No comprendo por qué se dice en España "lo engañaron como a un chino", cuando debiera ser "engaña como un chino".

domingo, octubre 04, 2009

José Emilio Pardo (XXVI)


Hôtel des Indes. Imagen tomada de http://www.engelfriet.net

Una casa de juego en el barrio chino de Batavia


Terminada la cena, José Pardo y sus amigos holandeses decidieron rematar la noche en un garito de juego, una de esas casas que el Gobierno consentía a cambio de una "módica" contribución. En la gran habitación se levantaban una vara del suelo cuatro entarimados cubiertos con esterillas. Sobre cada uno había hasta veinte personas sentadas, rodeando al que hacía las veces de banquero, que tenía a su lado varias cajitas llenas de dinero. Pardo no entendió mucho de los juegos en que los presentes apostaban con afán. "El único juego que pude comprender de los que allí tenían -dice-, era de azar y con ciertas fichas parecidas a las del dominó. Como había más posibilidades de pérdida que de ganancia, la suma abonada por el banquero era mucho mayor que la apostada". Evidente.
Como se trataba de pasar el rato, el marino se animó a apostar, sacó unas cuantas rupias y las jugó a una ficha. Enseguida, el director de la casa se acercó a él y le advirtió por señas que estaba prohibido a los europeos jugar en estos lugares.
Eran las once de la noche cuando nuestros noctámbulos atravesaban de nuevo los mercados en busca de su coche, pero, "como había más de doscientos vehículos esperando", la tarea no parecía fácil. Sin embargo, allí estaba Mo-Haly quien, a gritos en su lengua malaya, "se hizo oír del cochero a los pocos minutos".
A media noche ya estaba José Emilio en el Hôtel des Indes disfrutando de una "magnífica cama, limpia, blanda, ancha, cómoda y libre de mosquitos". Dice nuestro asidonense: "Dormí como un patriarca".

domingo, septiembre 27, 2009

José Emilio Pardo (XXV)



Fideos de arroz. Foto tomada de http://images.google.com/imgres?imgurl=http://www.cocinaycomidasana.com

Comida china


Durante su paseo por el mercado chino llamó la atención de nuestro teniente Pardo la gran cantidad de carnes y pescados, crudos o guisados, que se ofrecían al viandante. Y, como llegaba la hora de tomar un bocado, se hizo necesario entrar en una de aquellas tiendas donde se vendían mil y un manjares, y ninguno de ellos conocido. Uno de los marinos holandeses que le acompañaba le comentó que "de seguro en aquellas sartenes habría guisados de perro o sopa de rata y murciélago, que agrada sobremanera a los chinos y javaneses". Entraron en el "fonducho" hasta la cocina y quedaron admirados de cómo de grandes calderos sacaban los guisos en pequeñísimos platos, y luego en la misma cocina les agregaban a cada uno hasta diez o doce salsas que tomaban de diferentes orzas, "con unas cucharitas de marfil semejantes a las que nosotros usamos para servir la mostaza".
El cocinero, al verlos hacer ascos, les advirtió que tenía un plato especial, riquísimo, "al gusto europeo". Así que el hambre y la curiosidad animaron a nuestros marinos a sentarse.
El mismo jefe de la fonda puso una servilleta sobre la mesa, sacó cuatro platos grandes y un jarro de agua, y luego llegó el famoso manjar al uso de Europa. Eran una especie de fideos de harina de arroz cocinados a modo de macarrones, muy secos de salsa, pero tan jugosos por dentro y en tan buen punto la sal, el queso y la mostaza, que ciertamente eran cosa delicada.

domingo, septiembre 20, 2009

Iglesias, conventos y hospitales (III)
















Nave central de la iglesia de la Victoria de Medina Sidonia

Clases de gramática en la Victoria y San Agustín


En 1743 el vicario eclesiástico de Medina Sidonia Gonzalo de Pina Franco (que lo era desde 1711) fundó un vínculo mediante el cual donaba una casa a los mínimos de la Victoria con la expresa condición de que dicho convento tuviese siempre nombrado un lector que ofreciese gratuitamente clases de gramática y doctrina cristiana. Así lo hicieron durante muchos años los frailes de San Francisco de Paula, de hecho el vicario Martínez Delgado en su Historia de la ciudad de Medina Sidonia (p. 214), escrita en los últimos años del siglo XVIII y primeros del XIX, así lo recuerda.
Según una de las cláusulas del "contrato", en caso de que el convento dejase de cumplir la condición expresada, "después de tres amonestaciones del poseedor del vínculo", la casa habría de pasar al convento de Nuestra Señora de la Paz, de agustinos calzados. A éstos se les exigía lo mismo, y, faltando a su cumplimiento, que la casa "pasase por fin al poseedor del mencionado vínculo".
Avanzado el siglo XIX y desaparecidos ambos conventos en virtud de las desamortizaciones, resultaba imposible que mínimos o agustinos pudiesen cumplir el contrato, y la casa había pasado a ser disfrutada por la Junta de Escuelas de Medina Sidonia. Podría parecernos que la voluntad del ilustrado eclesiástico Gonzalo de Pina estaba cumplida, pero no lo vieron de la misma manera los poseedores del vínculo. Así lo demuestra la demanda ordinaria que presentaron ante el Juez de Primera Instancia de Medina Sidonia reclamando la propiedad de la casa.
Entonces, el Jefe Político de Cádiz entró en competencia con el juez de Medina, y el caso pasó a superiores instancias para ser consultado. El 3 de enero de 1849 el ministro de la Gobernación del Reino, el Conde de San Luis, ponía en manos de la autoridad judicial la resolución del asunto, una vez oído el Consejo Real, ya que "esta cuestión sobre la reversión se resuelve naturalmente en cuestión de propiedad, completamente extraña a las atribuciones administrativas".
Nos interesaremos por saber qué sucedió después.

jueves, septiembre 10, 2009

Sorolla


















Sorolla en Madrid
Leo hoy en la prensa que finaliza esta noche la gran muestra sobre la obra de Joaquín Sorolla que ha tenido lugar en el Museo del Prado. Han sido 450.000 los visitantes que han pasado por las nuevas salas del museo destinadas a las exposiciones temporales, la convocatoria más exitosa de la última década. En palabras de Blanca Pons Sorolla, nieta del pintor, que extraigo del catálogo editado con motivo de la misma: "La rigurosa selección de obras llevada a cabo para esta muestra, en la que se reúnen por primera vez todos los cuadros que marcaron los hitos de su carrera artística, es sólo una pequeña parte, aunque la más sólida, de su abrumadoramente numerosa producción". En efecto, además del conjunto de grandes lienzos que, en su última etapa, pintó para la Hispanic Society of America por encargo de su creador Archer Huntington (su Visión de España), allí pudimos contemplar ¡Aún dicen que el pescado es caro! (que espera hace años su definitiva ubicación en la pinacoteca madrileña), La vuelta de la pesca del Musée d´Orsay, Cosiendo la vela (prodigio de luz y composición que aturde a los visitantes de la Galleria d´Arte Moderna di Ca´Pesaro de Venecia), la desgarradora escena de ¡Triste herencia! (en la que un hermano de San Juan de Dios ayuda a unos niños pobres tullidos a meterse en el mar), el delicioso Desnudo de mujer (homenaje a la Venus del Espejo de Velázquez, para el que posó como modelo su propia esposa), los retratos de Beruete, Galdós, Echegaray, del fotógrafo danés Christian Franzen, de su hija María (como labradora valenciana, convaleciente en El Pardo o en los jardines de La Granja), de su amada mujer (Clotilde con traje negro, Paseo a la orilla del mar), El sol de la tarde, Niños en la playa, El baño del caballo, La bata rosa... Todo un derroche de luz, energía y vida, pues es vida, en sus diversas facetas, lo que transmiten las pinceladas del artista. Puede que hubiera recibido mejor sanción de muchos si hubiera insistido en la temática social y oscurecido su paleta; quizá se le pueda reprochar que su éxito le llevara a repetir estampas y situaciones para una clientela que no paraba de demandar su sorolla..., pero en la mayoría de los casos la pintura del valenciano es un ejercicio de verdad, de amor a su "arte", de desafío a los convencionalismos pictóricos..., un disfrutar pintando, una continua lucha por ofrecer nuevas perspectivas del asunto, un ensayo de modernidad.
Siempre que puedo cuando viajo a Madrid, paso un buen rato en la casa del pintor, un oasis cercano a la Castellana en la calle de Martínez Campos. Paralelamente a la exposición del Prado ha tenido lugar aquí una muestra de algunos de los bocetos realizados por el artista en su larga peregrinación por España para reflejar su visión del país, e incluso se ha proyectado la emotiva película Cartas de Sorolla, protagonizada por José Sancho.
Entrar en esta casa-museo, de cuyas paredes cuelgan óleos inacabados, pequeños bocetos, retratos de sus hijos, paisajes amados..., sentarse en sus frescos jardines mientras susurran sus fuentecillas, adentrarse en las habitaciones familiares y, finalmente, visitar el impresionante estudio del maestro es una experiencia que recomiendo.
En la foto muestro un rincón del estudio. A la derecha, el retrato inacabado de la esposa de Ramón Pérez de Ayala.

domingo, septiembre 06, 2009

Medina Sidonia en la Guerra de la Independencia (IV)










Antigua sorbetera. Foto tomada de historiasdelagastronomia.blogspot.com




Helados para el verano de 1808
En la Medina Sidonia que se había visto sobresaltada por la noticia de los acontecimientos de mayo de 1808 y había vivido recientemente los fastos de la proclamación del rey Fernando VII; cuando el nerviosismo cundía entre los soldados voluntarios, que pronto recibirían su bautismo de fuego en Bailén, y también entre los munícipes, apremiados constantemente para pagar las deudas de la ciudad ante las urgentísimas necesidades..., los más de los asidonenses estaban atentos a la recogida de una cosecha de trigo y cebada que había sido copiosa, al cuidado de las arboledas de sus huertas (que ya proporcionaban los dulces frutos que trae el verano) o a disfrutar del recrecido ambiente en las calles con la llegada del estío. Y, para el paseo de la tarde, nada mejor que un helado.
Leo en el acta de cabildo del 2 de julio que Juan Ramírez, abastecedor de nieve y helados, había presentado una nota al Ayuntamiento en la que indicaba los precios a que quería vender sus productos:
El vaso de aguanieve a veinte y cinco maravedíes, la libra de nieve á dos reales, el Cuartillo de sorvete hecho á fuego á seis, el dicho sin fuego á quatro y el quartillo liquido y claro de toda vevida pero de nieve a diez y seis quartos.
Pedía al cabildo que se entendiera con el administrador de rentas sobre los derechos de introducción de nieve en la ciudad y otros que pudiera haber, pero éste no aceptó. Sí parecieron muy ajustados sus precios.
Esta noticia, que a muchos puede sorprender por lo curioso, se entiende mejor si hacemos algunas aclaraciones.
No era raro que se comercializara nieve en la Medina de la época. Sabemos que en marzo de 1624, con motivo de los banquetes con que el Duque de Medina Sidonia agasajó al rey Felipe IV en Doñana, se trajeron 46 mulas cargadas de nieve que llegaban a diario desde Ronda; que, para que la nieve se conservase el mayor tiempo posible, existían los llamados "neveros" en muchas ciudades, palacios (impresionante el de Olite) y fortalezas. El trabajo de extracción de la nieve en la montaña comenzaba en primavera. Cortada con palas, se llevaba a los pozos de nieve donde se prensaba para que disminuyera su volumen y se conservara mejor al convertirse en hielo. Se formaban capas de semejante grosor, que se cubrían con paja o ramas. En verano, se cortaban bloques y se transportaban en bestias de carga por la noche para evitar que se derritieran. Los romanos ya conocían esta actividad, y en la Europa de los siglos XVI a XIX cobró gran auge.
Los derechos reales sobre la nieve se establecieron en España en época de Felipe III, y en 1770 su cobro correspondía al departamento de rentas unidas de la Real Hacienda.
La libra son 460 g y 93 mg. En un cuartillo caben 504 ml.
El salario diario de un bracero en la temporada de siega de este año en Medina Sidonia era de 15 reales y cuatro libras de pan. Se pagó bien porque las autoridades pensaban en recoger completa la buena cosecha para asegurar el suministro.
En el sorbete a fuego el almíbar se hacía en un perol y, antes de pasar a la sorbetera, se le añadía el puré o licor de frutas que se deseara. Sobre la historia del sorbete y su elaboración he disfrutado mucho leyendo en historiasdelagastronomia.blogspot.com.
No me entretengo en presentar recetas de sorbetes de aquel momento, pero remito a los interesados a las que aparecen en Secretos raros de artes y oficios (Madrid, Imprenta Villalpando, 1807, t. 10, p. 252) y La nueva cocinera curiosa y económica, y su marido el repostero famoso amigo de los golosos, de D. A. P. Z. G. (Madrid, Imprenta de don Eusebio Álvarez, 1822, t. 3, pp. 253 ss.). Ambos libros pueden leerse en google.

jueves, septiembre 03, 2009

Iglesias, conventos y hospitales (II)

Financiar la caridad


En estos tiempos de crisis en que se oye que subirán el precio del litro de cerveza o, de nuevo, el de la cajetilla de tabaco para acopiar los fondos necesarios a fin de mantener el bienestar público y, particularmente, las prestaciones sociales, ando leyendo documentos de la Medina Sidonia de comienzos del siglo XIX.
De todos es sabido que grandes instituciones benéficas, como el Hospital de la Caridad de Sevilla, son fruto del arrepentimiento de una vida de disipación, en el momento cercano a la muerte, por parte de sus fundadores (en este caso Miguel de Mañara, en quien se dice está inspirada la figura de Don Juan). Poco sabemos todavía sobre el origen de los hospitales y casas de caridad de Medina: está pendiente, por ejemplo, el estudio de la figura del regidor Alonso Picazo, que en su testamento (11 de abril de 1544) legó sus casas para la creación del Hospital del Amor de Dios, donde sería sepultado.
Sobre este establecimiento leo una curiosa noticia en el acta de cabildo de 3 de febrero de 1808. El vecino José Gutiérrez pide al Ayuntamiento una licencia que le permita abrir un reñidero de gallos "ofreciendo dar la quarta parte del producto de su entrada á fabor delos pobres enfermos del Hospital del Amor de Dios". El cabildo acuerda acceder a lo solicitado y comisiona a su diputado de policía, el regidor Juan de Pareja y Morón, para que se asegure de que el negocio cumple los requisitos exigidos para tales locales y además proponga "al Ayuntamiento el precio de la entrada para su aprovacion y la exaccion delo que pertenezca al hospital".

martes, agosto 25, 2009

José Emilio Pardo (XXIV)


Bandeja japonesa de maque de finales del siglo XIX
En el mercado chino de Batavia


La llegada de la Numancia a Batavia coincidió con las fiestas de celebración del nuevo año chino, así que Campon-Chiní, como conocían los marinos el barrio chino, estaba especialmente animado a comienzos de aquel febrero de 1867. Una especie de gran mercado o feria ocupaba todas sus calles. "En la principal -escribe José Emilio en su Diario- se colocan multitud de tiendas donde se venden objetos de Europa y de China. La afluencia de gente era extraordinaria, y tal la profusión de luces que parecía que el sol estaba fuera".
A nuestro marino le sorprendió gratamente la sección de flores, "semejante a un magnífico jardín":
Dalias, camelias, rosas, lirios de mil clases y colores, y árboles enanos, que apenas levantarían dos palmos, con granadas unos y con limones otros del tamaño de avellanas y en perfecta sazón y madurez, colocados en magníficas macetas de rica porcelana.
Junto a los bonsáis, se abría una espléndida colección de frutas:
Había plátanos de veinte y tantas clases, piñas, mangos, mangostanes, rambostanes, naranjas, limones, etc., en grandes cantidades; y seguían hortalizas y legumbres con la misma abundancia y en la misma variedad.
No menos llamativas eran las tiendas de tejidos y sedas, de calzados, de "papeles pintados a la chinesca", de ferretería y loza. Sin duda, era el mejor sitio para comprar un "recuerdito" para la familia de Medina..., ¡y qué suerte no tener que cargar con la compra hasta el hotel y poder seguir paseando desembarazado durante el resto de la noche!
Allí teníamos que andar a empujones. Veíanse trajes de todas partes del mundo: en una de las tiendas había damas holandesas comprando ahuecadores, y una mestiza china probándose unas chinelas, mientras que un árabe y un siamés quemaban pastillas de olor para cerciorarse de su calidad. Yo compré unas bateas de maque japonés, y al recogerlas noté que por detrás de mí me las arrebataron de las manos. Volví la cara en busca del ladrón, y me hallé con Mo-Haly, que no me había perdido de vista en aquel bullasco. Es admirable la paciencia de estos malayos para seguir a sus amos sin dejarlos ni a sol ni a sombra.
La palabra "maque" (del japonés, makie) designa un tipo especial de lacado japonés en que intervienen barnices de oro y plata en el dibujo de las figuras. El verbo "maquear" no significa pues, en principio, sino adornar muebles, utensilios u otros objetos con pinturas o dorados, usando para ello el maque. Pero las imitaciones "maquearon" impropiamente toda clase de cachivaches sin emplear los elementos originarios de la técnica. ¡Y cuántas veces hemos oído a nuestros padres decir que "se maqueaban" a la última antes de salir el sábado por la noche a buscar chicas.
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