jueves, octubre 15, 2026

“LA MUERTE DE SANTA TERESA DE JESÚS”, DE JUAN SIMÓN GUTIÉRREZ

 

Camarín alto de la iglesia de la Anunciación de Alba de Tormes


LA MUERTE DE SANTA TERESA DE JESÚS, DE JUAN SIMÓN GUTIÉRREZ

Jesús Romero Valiente

Celebra hoy la Iglesia Católica la festividad de Santa Teresa de Jesús en conmemoración de la fecha de su muerte, que se produjo en el convento de la Anunciación de la ciudad salmantina de Alba de Tormes el 4 de octubre de 1582 (tras la entrada en vigor del calendario gregoriano, día 15). La iglesia de este cenobio carmelitano se engrandeció entre 1670 y 1678 para convertirse en el panteón de la santa, cuyo sepulcro ocupa un transparente que se abre en la parte alta del retablo mayor. Tras el mismo se encuentra el llamado “camarín alto”, profusamente decorado con frescos que representan símbolos teresianos y cuadros al óleo que nos refieren distintos episodios de la vida de Teresa de Jesús. Sin duda, el más notable es el que tiene como motivo su muerte, situado en uno de los lunetos que se encuentran sobre las puertas laterales de la estancia. Es obra del pintor Juan Simón Gutiérrez, nacido en Medina Sidonia aunque formado en Sevilla, donde llevó adelante su carrera y falleció. Dado a conocer por el mejor especialista en el artista, el desgraciadamente fallecido profesor de la Universidad de Sevilla Enrique Valdivieso, este óleo sobre lienzo es, por el momento, el primer cuadro fechado de su autor, quien lo firma en 1687. Sin que sepamos quién fue su comitente, está claro que Juan Simón recibió este encargo con una precisa noticia de las medidas del hueco en el que debía encajar la pintura (entre dintel y bóveda).

La muerte de Santa Teresa de Jesús, de Juan Simón Gutiérrez. Foto CARMUS

En cuanto a la iconografía presentada pensamos que el pintor ha partido de dos referencias fundamentales: el grabado sobre el tema que realizaron Adriaen Collaert y Cornelis Galle para Vita Beatae Virginis Teresiae a Iesu Ordinis Carmelitarum Excalceatorum Piae Restauratricis (Amberes, 1613), obra reeditada en múltiples ocasiones (seguimos la edición de 1630); y, sobre todo, la pintura de su maestro Murillo La muerte de Santa Clara, pintada en 1645 para el claustro chico del convento de San Francisco de Sevilla y hoy en la Galería de Arte de Dresde, que mucho debe también a la estampa señalada.

La muerte de Santa Teresa de Jesús, grabado de Collaert y Galle

El grabado forma parte de una “vida gráfica” de Teresa de Jesús realizada poco antes de su beatificación y auspiciada por Ana de Jesús Lobera, fundadora del Carmelo en Bruselas y discípula de Teresa, quien contó para su elaboración con la ayuda de fray Jerónimo Gracián, director espiritual de la santa, y Ana de San Bartolomé, su compañera inseparable, secretaria y enfermera. Precisamente esta carmelita declararía en el proceso que su maestra había expirado entre sus brazos, que la estancia donde se encontraban se llenó de una luz divina y que poco después del óbito floreció un almendro en la huerta del convento. El día anterior fray Antonio de San José, que también la asistía, había preguntado a Teresa si quería ser sepultada en Ávila, y ella había respondido que no le importaba que la enterrasen en Alba. Sin duda son estos dos personajes los que en la estampa (en escala menor) ocupan la cabecera del lecho, que, como luego en el cuadro, se dispone de izquierda a derecha de la composición. Ligeramente reclinada sobre la almohada, Teresa, cuya cabeza rodea una aureola, aparece envuelta entre sábanas y sosteniendo con su mano derecha un crucifijo al que dirige su mirada. Sobre ella, un rompimiento de gloria nos presenta a Cristo (tras el que se dibujan los siete candelabros citados en Apocalipsis 1,12-20) que bendice a la moribunda en el supremo trance, mientras alrededor de la cama varios ángeles acompañan el momento. Reza una leyenda al pie del grabado: “Amoris feruentissimo impetu uulnerata e uiuis excedit a 1589 [sic], aetatis suae 68 [sic], eiusque morientis lectulo cum angelorum et plurium sanctorum corona Christus assistit, et caelo expanso, ex ore uirginis columba candidissima euolat”, es decir, “Herida por un profundísimo ardor de amor, se apartó de los vivos en 1589, a los 68 años de edad, y a su lecho de muerte se acercó Cristo con una asamblea de ángeles y de muchos santos, y, abierto el cielo, una blanquísima paloma sale volando de la boca de la doncella”. Al margen de los errores que contiene, pues la muerte se produjo en 1582 cuando la santa aún tenía 67 años, este escrito justifica ampliamente la recreación del momento que hará nuestro pintor. Y será la citada pintura de Murillo la que le proporcione los elementos concretos para realizarla.

La muerte de Santa Clara, Bartolomé Esteban Murillo (Galería de Arte de Dresde)

Como hizo su maestro, Juan Simón divide la composición en dos partes pero en sentido vertical no horizontal, la esfera humana y la divina, aunque el primero prefirió mantener la ilusión del rompimiento de gloria y dar mayor luz a los personajes del mismo, y el segundo unificara los dos planos. Como el de santa Clara, el lecho de santa Teresa reposa directamente sobre el suelo, y sus sábanas se cubren con una colcha de más rica tela, ahora con un estampado floral que bien puede ser trasunto del almendro florecido o del suave olor que empezó a desprender el cadáver de la santa a poco de ser enterrado. Junto al colchón pintó Murillo una palmatoria con su vela encendida y un acetre con su hisopo, recuerdo de la reciente extremaunción de la moribunda. Juan Simón mantiene estos objetos, aunque el candelabro aparece sin vela evocando en cierto modo los del grabado, y el acetre, pintado igualmente a partir de un estudio del natural, es desplazado al primer plano de la composición. El gesto de la santa, como el de santa Clara y a diferencia del del grabado, es contenido. De su boca no vuela ninguna paloma. El grupo de frailes y monjas que se arremolina en torno a la cabecera de la cama repite en Juan Simón las posiciones y gestos que pinta Murillo; lógicamente se ha sustituido el hábito franciscano por el carmelita. Dos monjes arrodillados ocupan la parte delantera (la vela encendida y el libro que portan en Murillo pasan a las manos de uno solo en Juan Simón); tras ellos, uno de pie. Las monjas, que realizan mayores aspavientos, se sitúan más al fondo, cobrando importancia la más cercana al lecho que, en La muerte de Santa Teresa podríamos identificar con Ana de San Bartolomé. Resulta arriesgado poner nombre a los restantes integrantes de la comunidad. Con todo, son novedosas en este óleo las figuras que ocupan el pie de la cama, entre las que destacan el lego arrodillado que lee y la joven novicia cubierta con velo blanco y rostro de extraordinaria palidez que bien puede ser un retrato. Como en el cuadro de Murillo, algunas monjas vuelven su rostro al advertir la presencia sobrenatural. Pero Cristo viene a visitar a santa Teresa en sus últimos momentos como si fuera un allegado más, la murillesca luz divina a su alrededor ha sido amortiguada. Y le acompañan cinco ángeles, los mismos que aparecían en el grabado, aunque en distintas posiciones. Juan Simón ha sido también advertido de la especial devoción que la carmelita profesaba a los Diez Mil Mártires, de hecho las crónicas de la Orden y testimonios como el de Catalina de la Concepción refieren que la monja tuvo una visión de este grupo de santos que le prometió acompañarla en el momento de su muerte para custodiar su alma y llevarla a la presencia de Dios. Así que la zona derecha de su pintura, que representa un espacio abierto de cuidada arquitectura, presenta el desfile de estos santos y santas mártires vestidos con túnicas blancas, cierto es que más sencillas que las que pinta Murillo para la procesión de vírgenes que acompaña a María en el tránsito de santa Clara. Como contrapeso a esta apertura, Juan Simón añade en la parte izquierda de su composición una escena asimismo situada al aire libre. Dice Valdivieso que “parece representar la llegada de la santa al convento de Alba de Tormes, donde es recibida en la puerta mientras la madre Ana de San Bartolomé… se apresta a recoger agua en la fuente del patio para reconfortarse del largo camino que ambas habían realizado”.


Bibliografía

-COLLAERT, Adriaen y GALLE, Cornelis, Vita Sanctae Virginis Teresiae a Iesu, Ordinis Carmelitarum Excalceatorum Piae Restauratricis, Amberes, Galle, 1630.

-https://www.carmelitasalba.org

-https://www.skd.museum

-LLAMAS, Enrique, “Santa Teresa de Jesús y la religiosidad popular”, Revista de Espiritualidad (1981), nº 40, pp. 215-252.

-M., “Vida gráfica de Teresa de Jesús”, en Teresa, de la rueca a la pluma, https://delaruecaalapluma.com/2022/11/29

-VALDIVIESO, Enrique, “Nuevas aportaciones al catálogo pictórico de Juan Simón Gutiérrez”, Archivo hispalense (2015), nº 297-299, t. 98, pp. 187-199.

 


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