jueves, octubre 15, 2026

“LA MUERTE DE SANTA TERESA DE JESÚS”, DE JUAN SIMÓN GUTIÉRREZ

 

Camarín alto de la iglesia de la Anunciación de Alba de Tormes


LA MUERTE DE SANTA TERESA DE JESÚS, DE JUAN SIMÓN GUTIÉRREZ

Jesús Romero Valiente

Celebra hoy la Iglesia Católica la festividad de Santa Teresa de Jesús en conmemoración de la fecha de su muerte, que se produjo en el convento de la Anunciación de la ciudad salmantina de Alba de Tormes el 4 de octubre de 1582 (tras la entrada en vigor del calendario gregoriano, día 15). La iglesia de este cenobio carmelitano se engrandeció entre 1670 y 1678 para convertirse en el panteón de la santa, cuyo sepulcro ocupa un transparente que se abre en la parte alta del retablo mayor. Tras el mismo se encuentra el llamado “camarín alto”, profusamente decorado con frescos que representan símbolos teresianos y cuadros al óleo que nos refieren distintos episodios de la vida de Teresa de Jesús. Sin duda, el más notable es el que tiene como motivo su muerte, situado en uno de los lunetos que se encuentran sobre las puertas laterales de la estancia. Es obra del pintor Juan Simón Gutiérrez, nacido en Medina Sidonia aunque formado en Sevilla, donde llevó adelante su carrera y falleció. Dado a conocer por el mejor especialista en el artista, el desgraciadamente fallecido profesor de la Universidad de Sevilla Enrique Valdivieso, este óleo sobre lienzo es, por el momento, el primer cuadro fechado de su autor, quien lo firma en 1687. Sin que sepamos quién fue su comitente, está claro que Juan Simón recibió este encargo con una precisa noticia de las medidas del hueco en el que debía encajar la pintura (entre dintel y bóveda).

La muerte de Santa Teresa de Jesús, de Juan Simón Gutiérrez. Foto CARMUS

En cuanto a la iconografía presentada pensamos que el pintor ha partido de dos referencias fundamentales: el grabado sobre el tema que realizaron Adriaen Collaert y Cornelis Galle para Vita Beatae Virginis Teresiae a Iesu Ordinis Carmelitarum Excalceatorum Piae Restauratricis (Amberes, 1613), obra reeditada en múltiples ocasiones (seguimos la edición de 1630); y, sobre todo, la pintura de su maestro Murillo La muerte de Santa Clara, pintada en 1645 para el claustro chico del convento de San Francisco de Sevilla y hoy en la Galería de Arte de Dresde, que mucho debe también a la estampa señalada.

La muerte de Santa Teresa de Jesús, grabado de Collaert y Galle

El grabado forma parte de una “vida gráfica” de Teresa de Jesús realizada poco antes de su beatificación y auspiciada por Ana de Jesús Lobera, fundadora del Carmelo en Bruselas y discípula de Teresa, quien contó para su elaboración con la ayuda de fray Jerónimo Gracián, director espiritual de la santa, y Ana de San Bartolomé, su compañera inseparable, secretaria y enfermera. Precisamente esta carmelita declararía en el proceso que su maestra había expirado entre sus brazos, que la estancia donde se encontraban se llenó de una luz divina y que poco después del óbito floreció un almendro en la huerta del convento. El día anterior fray Antonio de San José, que también la asistía, había preguntado a Teresa si quería ser sepultada en Ávila, y ella había respondido que no le importaba que la enterrasen en Alba. Sin duda son estos dos personajes los que en la estampa (en escala menor) ocupan la cabecera del lecho, que, como luego en el cuadro, se dispone de izquierda a derecha de la composición. Ligeramente reclinada sobre la almohada, Teresa, cuya cabeza rodea una aureola, aparece envuelta entre sábanas y sosteniendo con su mano derecha un crucifijo al que dirige su mirada. Sobre ella, un rompimiento de gloria nos presenta a Cristo (tras el que se dibujan los siete candelabros citados en Apocalipsis 1,12-20) que bendice a la moribunda en el supremo trance, mientras alrededor de la cama varios ángeles acompañan el momento. Reza una leyenda al pie del grabado: “Amoris feruentissimo impetu uulnerata e uiuis excedit a 1589 [sic], aetatis suae 68 [sic], eiusque morientis lectulo cum angelorum et plurium sanctorum corona Christus assistit, et caelo expanso, ex ore uirginis columba candidissima euolat”, es decir, “Herida por un profundísimo ardor de amor, se apartó de los vivos en 1589, a los 68 años de edad, y a su lecho de muerte se acercó Cristo con una asamblea de ángeles y de muchos santos, y, abierto el cielo, una blanquísima paloma sale volando de la boca de la doncella”. Al margen de los errores que contiene, pues la muerte se produjo en 1582 cuando la santa aún tenía 67 años, este escrito justifica ampliamente la recreación del momento que hará nuestro pintor. Y será la citada pintura de Murillo la que le proporcione los elementos concretos para realizarla.

La muerte de Santa Clara, Bartolomé Esteban Murillo (Galería de Arte de Dresde)

Como hizo su maestro, Juan Simón divide la composición en dos partes pero en sentido vertical no horizontal, la esfera humana y la divina, aunque el primero prefirió mantener la ilusión del rompimiento de gloria y dar mayor luz a los personajes del mismo, y el segundo unificara los dos planos. Como el de santa Clara, el lecho de santa Teresa reposa directamente sobre el suelo, y sus sábanas se cubren con una colcha de más rica tela, ahora con un estampado floral que bien puede ser trasunto del almendro florecido o del suave olor que empezó a desprender el cadáver de la santa a poco de ser enterrado. Junto al colchón pintó Murillo una palmatoria con su vela encendida y un acetre con su hisopo, recuerdo de la reciente extremaunción de la moribunda. Juan Simón mantiene estos objetos, aunque el candelabro aparece sin vela evocando en cierto modo los del grabado, y el acetre, pintado igualmente a partir de un estudio del natural, es desplazado al primer plano de la composición. El gesto de la santa, como el de santa Clara y a diferencia del del grabado, es contenido. De su boca no vuela ninguna paloma. El grupo de frailes y monjas que se arremolina en torno a la cabecera de la cama repite en Juan Simón las posiciones y gestos que pinta Murillo; lógicamente se ha sustituido el hábito franciscano por el carmelita. Dos monjes arrodillados ocupan la parte delantera (la vela encendida y el libro que portan en Murillo pasan a las manos de uno solo en Juan Simón); tras ellos, uno de pie. Las monjas, que realizan mayores aspavientos, se sitúan más al fondo, cobrando importancia la más cercana al lecho que, en La muerte de Santa Teresa podríamos identificar con Ana de San Bartolomé. Resulta arriesgado poner nombre a los restantes integrantes de la comunidad. Con todo, son novedosas en este óleo las figuras que ocupan el pie de la cama, entre las que destacan el lego arrodillado que lee y la joven novicia cubierta con velo blanco y rostro de extraordinaria palidez que bien puede ser un retrato. Como en el cuadro de Murillo, algunas monjas vuelven su rostro al advertir la presencia sobrenatural. Pero Cristo viene a visitar a santa Teresa en sus últimos momentos como si fuera un allegado más, la murillesca luz divina a su alrededor ha sido amortiguada. Y le acompañan cinco ángeles, los mismos que aparecían en el grabado, aunque en distintas posiciones. Juan Simón ha sido también advertido de la especial devoción que la carmelita profesaba a los Diez Mil Mártires, de hecho las crónicas de la Orden y testimonios como el de Catalina de la Concepción refieren que la monja tuvo una visión de este grupo de santos que le prometió acompañarla en el momento de su muerte para custodiar su alma y llevarla a la presencia de Dios. Así que la zona derecha de su pintura, que representa un espacio abierto de cuidada arquitectura, presenta el desfile de estos santos y santas mártires vestidos con túnicas blancas, cierto es que más sencillas que las que pinta Murillo para la procesión de vírgenes que acompaña a María en el tránsito de santa Clara. Como contrapeso a esta apertura, Juan Simón añade en la parte izquierda de su composición una escena asimismo situada al aire libre. Dice Valdivieso que “parece representar la llegada de la santa al convento de Alba de Tormes, donde es recibida en la puerta mientras la madre Ana de San Bartolomé… se apresta a recoger agua en la fuente del patio para reconfortarse del largo camino que ambas habían realizado”.


Bibliografía

-COLLAERT, Adriaen y GALLE, Cornelis, Vita Sanctae Virginis Teresiae a Iesu, Ordinis Carmelitarum Excalceatorum Piae Restauratricis, Amberes, Galle, 1630.

-https://www.carmelitasalba.org

-https://www.skd.museum

-LLAMAS, Enrique, “Santa Teresa de Jesús y la religiosidad popular”, Revista de Espiritualidad (1981), nº 40, pp. 215-252.

-M., “Vida gráfica de Teresa de Jesús”, en Teresa, de la rueca a la pluma, https://delaruecaalapluma.com/2022/11/29

-VALDIVIESO, Enrique, “Nuevas aportaciones al catálogo pictórico de Juan Simón Gutiérrez”, Archivo hispalense (2015), nº 297-299, t. 98, pp. 187-199.

 


martes, octubre 06, 2026

Sobre la antigüedad del Arco de la Pastora de Medina Sidonia y su Virgen del Rosario

 

El Arco de la Pastora a comienzos del siglo XX. Archivo Mas

SOBRE LA ANTIGÜEDAD DEL ARCO DE LA PASTORA DE MEDINA SIDONIA Y SU VIRGEN DEL ROSARIO

 Jesús Romero Valiente

El hecho de que Pedro Barrantes Maldonado, el cronista de los Duques de Medina Sidonia, no mencionara la Puerta de la Salada de esta ciudad en sus Ilustraciones de la Casa de Niebla (s. XVI) ni se destacara su particular forma de arco túmido en el dibujo de la ciudad a él atribuido (1541) ha planteado dudas a algunos investigadores sobre la antigüedad del monumento, máxime cuando el vicario Martínez en su Historia de la ciudad de Medina Sidonia, escrita a finales del siglo XVIII, ni siquiera lo nombra. Incluso se ha hablado de esta entrada como una reconstrucción historicista del siglo XVII a partir de materiales desechados de otras puertas derruidas.

Pero de nuevo los fríos documentos notariales nos ayudan a aclarar la historia. Efectivamente, si no con la estructura original de arco apuntado en su parte exterior, tal como hoy lo conocemos, sino más bien con la de arco rebajado (por estar tapiada su parte superior para facilitar la colocación de una puerta de menor envergadura y coste), como lo contemplamos en las fotografías de comienzos del siglo XX, esta puerta de la muralla de Medina Sidonia estaba abierta en el siglo XVI. “Puerta de la Fuente Salada” se la denomina en una escritura de 8 de octubre de 1591 en la que Bartolomé Ximénez Parrado, vecino de Medina, testimonia haber comprado a Gonzalo de la Torre y su mujer “unas casas que son en ella a la Puerta de la Fuente Salada, linde con el muro”. Del mismo modo se la nombra en otras escrituras de 1619 o 1622. “Arco de la Fuente Salada” la llama ya otra de 4 de agosto de 1690 en la que Gonzalo de Trujillo, propietario de las casas de su morada, “que fueron de don Luis de Pareja, difunto, y están en esta ciudad por zima del Arco de la Fuente Salada, linde por una parte con casas de Juan Nuñes de Cote y por otra con casas de Antonio Rodríguez Pollo”, da fe del tributo que por ella paga a la capellanía fundada por don Juan de Alba. “Arco de la Fuen Salada” la denomina otra escritura de 1715 en la que el capellán don Juan Matías de la Torre y Toledo da a censo y tributo una parte de casa lindera con el mismo propia de la capellanía que fundara su abuelo a Antonio Carrillo Castellano “nuebo residente en esta ciudad”.

El Arco de la Pastora en 1928. Foto Butler

El apelativo hoy más popular de “Arco de la Pastora” no lo hemos encontrado por ahora sino en documentos de finales del siglo XVIII. Así, por ejemplo, aparece denominada esta puerta de la muralla en un contrato de compraventa fechado el 9 de octubre de 1794 en el que Manuel Marín vende al presbítero Pedro Delgado Catalán “unas casas que son frente del Arco de la Pastora o Fuente Salada”. Ello nos hace suponer que fue por entonces cuando se colocó la imagen de la Virgen  en un altillo en la parte interior de esta entrada, entre el arco exterior modificado y el arco interior, que mantuvo su forma apuntada, tal como deja ver claramente la foto del Archivo Mas para el Catálogo monumental de España. Provincia de Cádiz (lámina 137) de Enrique Romero de Torres, publicado en 1934. Esta Virgen Pastora, que luego pasó a una hornacina lateral cuando la puerta recuperó su estado originario propio de la arquitectura almohade, es en realidad una Virgen del Rosario, como deja claro el testamento de doña Agustina Díaz Gárate (abierto el 26 de septiembre de 1833) quien lega su casa de la Plaza de la Pastora primeramente a su hermano y luego a primos y demás herederos con el encargo de que nunca saliera de la familia y “con obligación de cuidar de Nuestra Señora del Rosario que está en el Arco y tenerle su luz de noche”. Terminó la casa en manos de Antonia Roa Díaz, hija de don Agustín Roa y doña María del Rosario Díaz, soltera, propietaria natural de Cádiz pero vecina de Medina Sidonia, quien en la fecha de otorgar testamento, tres de abril de 1868, era poseedora de tres casas en el pueblo: la llamada posada del Torreón, una segunda en la calle de los Varos y otra en la Plaza de la Pastora. Esta última la lega a su prima María Díaz de Paredes “con la obligación de hacer que todas las noches se encienda una luz, a su costa, a la imagen de la Santísima Virgen del Rosario que existe en el arco que da entrada a dicha plaza y con la de cuidar de su adorno y conservación, cuya pención habrán de tener perpetuamente todos los dueños que fueren de la referida casa, pues al efecto se impone ese gravamen”. En la cláusula décima se añade, seguramente refiriéndose a esta misma imagen: “Lega a su prima doña María Díaz de Paredes una escultura de la Virgen que conserva en su nicho, con todo lo que está dentro de él, y una arquita con los vestidos de dicha Virgen que contiene”.


sábado, septiembre 26, 2026

Un aprendiz de carpintero de lo blanco en la Medina Sidonia de finales del siglo XVII

 

Carpinteros de lo blanco, Catedral de Teruel. Foto de E. Nuere

Un aprendiz de carpintero de lo blanco en la Medina Sidonia de finales del siglo XVII

Jesús Romero Valiente    

AMICO IOHANNI

A Francisco Manuel, que vivía esos años en que la madurez no se ha instalado aún en la sesera y que soñaba con conocer tierras lejanas, le faltaba su padre desde hacía poco tiempo. María, su madre, había quedado viuda y necesitada, así que su hermano, Francisco Jurado, había terciado para buscar una ocupación al muchacho con el fin de que ayudase a la economía familiar y, de paso, quitarle pajaritos de la cabeza y hacerlo un hombre, como se decía. En la Medina Sidonia del momento órdenes religiosas, cofradías y particulares animaban el mercado de la construcción, y los arrabales de otro tiempo se estaban convirtiendo en un verdadero entramado urbano. El oficio de carpintero de lo blanco, la construcción de techumbres siguiendo la tradición mudéjar, estaba muy demandado y ofrecía un porvenir seguro, al menos en lo económico. ¡Porque eso de andar por las alturas…! Domingo de Santiago Jaimes, maestro carpintero probablemente de origen morisco a tenor de sus apellidos, fue el escogido para enseñarlo al muchacho. Y dos años -decía éste orgulloso- le bastaban para ello. Por tanto, no había que perder tiempo sino formalizar el contrato de aprendizaje ante un escribano público y zanjar el asunto. A cambio de cien reales anuales Domingo se comprometía a hacer del joven un profesional, ¡y a darle zapatos y medias! El resto de ropa de que hubiera menester la pagaría el tío, de cuya cuenta correrían también, si es que Francisco Manuel ponía pies en polvorosa, los gastos que acarreare a su maestro el traerlo de nuevo al taller de Medina y a los andamios. Así decía la escritura:

“Sépase por esta scriptura que yo, Domingo de Santiago Jaimes, maestro carpintero, vezino que soy desta ciudad de Medina Sidonia, por la presente me obligo de enseñar el oficio de carpintero de lo blanco a Francisco Manuel, hijo de Antonio Gómez y de María Jurado, su lexítima, que ya es difunto el dicho Antonio Gómez. El qual dicho oficio me obligo de enseñar al suso dicho dentro de dos años, que han de comenzar a correr y contarse desde oy, día de la fecha de esta scriptura, y fenecerán el día veinte y seis de septiembre del año que viene de mil seiszientos y noventa y uno. Y además de lo suso dicho me obligo a darle todos los çapatos y medias que nezesitare y hubiere menester en los dichos dos años. Y, si passados, el dicho Francisco Manuel no supiere el dicho oficio, a mi costa lo ha de aprender en esta ciudad con el maestro de carpintero que le pareziere a el suso dicho, todo llanamente y sin pleito alguno, con las costas de la cobranza. Para lo qual obligo mi persona y bienes havidos y por haver.

Y estando presente Antonio Jurado, vezino de esta dicha ciudad, tío que soy del dicho Francisco Manuel, azepto en su favor esta scriptura y defecto de ella, y me obligo de que el dicho Francisco Manuel estará los dichos dos años asistiendo y aprehendiendo el dicho oficio con el dicho Domingo de Santiago Xaimes, y, si antes de cumplir los dichos dos años el dicho mi sobrino se ausentare de esta ciudad, a mi costa el dicho Domingo de Santiago Xaimes lo ha de poder buscar y traer. Y asimismo me obligo de darle al dicho mi sobrino en los dichos dos años toda la ropa que el suso dicho hubiere menester para su vestir menos zapatos y medias. Y asimismo me obligo de darle al dicho Domingo de Santiago doscientos reales de vellón. Los siento de ellos cumplido el primero año y los otros ciento en fin de los dos años, todo llanamente y sin pleito alguno, con las costas de la cobranza. Para lo qual obligo mi persona y bienes havidos y por haver.

Y ambas partes, cada uno por lo que nos toca y se obliga, damos y otorgamos poder cumplido y bastante a las justicias y jueces de Su Magestad de esta dicha ciudad y de otras partes qualesquier para que nos apremien al cumplimiento y paga desta scriptura, como si lo en ella contenido fuese sentencia difinitiva de juez competente, passada en cosa juzgada y por nosotros consentida. Sobre lo qual renunciamos las leyes y derechos de nuestro favor… Y así lo otorgamos ante el presente scribano público y testigos suso scriptos en la ciudad de Medina Sidonia en treinta días del mes de septtiembre de mil seiscientos y ochenta y nueve años…”


domingo, agosto 09, 2026

LAS VERDADERAS CABALLERIZAS DEL DUQUE EN MEDINA SIDONIA

 


Planos del cañón y corral de comedias (arriba), y de las caballerizas (abajo) del Duque de Medina Sidonia en esta ciudad


LAS VERDADERAS CABALLERIZAS DEL DUQUE EN MEDINA SIDONIA

Jesús Romero Valiente

 A pesar de haberlo dejado claro ya en 2011 cuando presentamos los dibujos de las plantas de los dos edificios que guarda el Archivo Histórico Nacional y de que hablásemos repetidamente de ellos en nuestro libro “Medina Sidonia durante la Guerra de la Independencia (1808-1814)”, v. esp. p. 1038, se siguen confundiendo, sin voluntad de corrección, las caballerizas del Duque de Medina Sidonia en esta ciudad, situadas en la Plaza de las Descalzas, que se convirtieron en almacén de aceites en  los años 50 del pasado siglo y hoy son viviendas, con el cañón situado debajo del granero del Duque (esta primera planta ya no existe), que formaba conjunto con el corral de comedias y que se empeñan en llamar “Caballerizas del Duque”. Parece que el error viene de largo, de algún documento poco riguroso de siglo XX, pero los datos no dejan lugar a dudas. Como no quiero ser pesado con el asunto, nada más diré a la espera de que hagan caso a persona más autorizada.

            Recordemos que en los susodichos planos rotulaba su autor sobre los dibujos estas leyendas: plano 1, “Plan del corral en que se hasen las comedias y cañón que está debajo del  granero que el Duque mi señor tiene en su ciudad de Medina Sidonia”; plano 2, “Plan de las caballerizas que el Duque mi señor tiene en su ciudad de Medina Sidonia (…) en la calle Ancha frente de las casas palacio de Su Excelencia”. 

            El 19 de febrero de 1868 describía perfectamente ambos lugares en escritura notarial el administrador de los bienes del Duque en Medina, José Pardo de Figueroa y Manso, a quien todos conocemos como padre del Doctor Thebussem: “Almacén y cuadras o cuartel del Duque. Esta finca se halla situada en la ciudad de Medina Sidonia, calle del Platero número primero moderno y careció de número antiguo. Pertenece al barrio Alto de dicha población y parroquia de Santa María la Coronada. Linda por la derecha entrando en ella con dos casas, una que fue de don Rafael Díaz Franco y otra que es de don José Cantero, presbítero; y por la izquierda con la Plazuela de las Descalzas; y por la espalda con las calles de Alarcón. La entrada a la planta baja, que en este edificio sirve de cuadra, la tiene por una puerta que sale a la antedicha Plazuela de las Descalzas, en cuyo lienzo mide veinte y un metros setenta y cinco centímetros, y por el lado de la calle del Platero, dies metros ochenta y nueve centímetros, de modo que el paralelogramo que constituye su área comprende doscientos treinta y seis metros ochenta y cuatro centímetros cuadrados. Esta finca carece de agua. Compréndese en las manzanas que forman la calle del Platero, Méndez, Alarcón y Plazuela de las Descalzas. Hállase inscrita en el Registro de la Propiedad de este partido judicial al tomo quinto, finca número ciento cuarenta y seis, inscripción número primero, y se valora en la cantidad de mil ciento tres escudos doscientas sesenta y seis milésimas. Casa antigua de comedias o reñidero de gallos. Esta finca se halla situada en la ciudad de Medina Sidonia, calle de Arrieros, número ciento sesenta y dos antiguo y veinte y dos moderno. Pertenece al barrio de Santa Catalina y parroquia de Santa María la Coronada. Linda por la derecha entrando en ella con dos casas, la una de María Reyes y la otra de Juan Díaz, y por la izquierda y espaldas con egidos del pueblo, o sea Cerro del Castillo. El edificio que se describe solo consta de un cañón de bóveda que mide ciento cuarenta metros cuadrados, de una especie de cueva o planta baja de un antiguo torrejón y de un patio. La fachada de este solar es solo de tres metros; su planta, un polígono de dies lados con tres ángulos entrantes, y su total superficie incluso en ella la del cañón de bóveda es de seiscientos doce metros cuadrados. Carece de agua. Compréndese en la manzana que forman las calles de Arrieros, Santo Cristo, Castillo, Misericordia, San José, Plazuela de la Iglesia Mayor, Cilla y egidos del pueblo. Hállase inserta en el Registro de la Propiedad de este partido judicial al tomo quinto, finca número ciento cuarenta y siete, inscripcion número primero, y se valora en ciento cincuenta y seis escudos quinientas milésimas”.

 

 

 


lunes, agosto 03, 2026

MEDINA SIDONIA 1708. VENDIENDO UNA ESCLAVA HEREDADA

 


La cena de Emaús o La mulata, Diego Velázquez (h. 1622), Instituto de Arte de Chicago


MEDINA SIDONIA 1708. VENDIENDO UNA ESCLAVA HEREDADA

Jesús Romero Valiente

Ya dijimos en otra ocasión que casi nada se ha escrito sobre la esclavitud en la Medina Sidonia del pasado así que no está de más cualquier noticia que sobre ella demos. Por ello, nos detenemos hoy en una escritura notarial común en la España de los siglos XVII y XVIII pero que actualmente puede resultarnos chocante. Conviene señalar antes de nada que los propietarios de esclavos en el momento eran, de un lado, los nobles y la Iglesia, que los empleaban para el servicio doméstico y para mostrar distinción; y de otro, los comerciantes de alto nivel, muchos de ellos establecidos en Sevilla y Cádiz, que los utilizaban como “bienes de capital”. En el primer caso hay que pensar en propietarios de uno o dos esclavos, y tal es el que nos ocupa ahora.

José de la Serna-Espínola y Hurtado, nacido en Medina Sidonia el uno de agosto de 1654, casado en la misma ciudad el 25 de febrero de 1686 con su prima segunda María de Pareja-Spínola y Ortega, alcaide del castillo de la susodicha y caballero de Calatrava desde 1689, había testado el 18 de agosto de 1704 en favor de sus hijos Luis, Juan, Tomás, Juana y Nicolás. Fallecido el matrimonio y previamente a la partición de los bienes, los herederos, entre los que ya no contaba Nicolás y de los que Juan y Tomás eran aún menores, decidieron en 1708 vender aquellas propiedades que resultaban difíciles de repartir. Y entre ellas se encontraba Antonia de Jesús, esclava mulata (color membrillo cocido) de la casa, que entonces contaba 40 años. Luis de Pareja-Espínola, en nombre de su esposa Juana de la Serna, y Luis de la Serna otorgaron un poder a Santiago Domínguez, que a la sazón era el administrador de los bienes de sus hermanos menores de edad, para que, en nombre de todos, vendiera a la esclava, haciendo saber a los interesados en su compra que no era viciosa, no tenía tachas ni defectos, ni se le conocían enfermedades externas. La venta debía hacerse por el precio que se estimare justo y “a uso de feria y mercado franco, como güesos en costal”, es decir, que la mercancía se vendía tal como estaba, sin más garantía ni derecho a devolución. Nada más sabemos del asunto, ni de la suerte de Antonia ni de cuánto se obtuvo por ella. Transcribimos el comienzo de la escritura:

“Sea notorio cómo nos don Luis de Pareja Espínola, marido y conjunta persona de doña Juana de la Serna y caballero del Orden de Santiago, y don Luis de la Serna Espínola, vecinos  desta siudad, yjos y herederos con beneficio de ynbentario del alcaide don Joseph de la Serna Espínola, de mancomún y cada uno por lo que nos toca, damos nuestro poder cumplido y bastante, el que de derecho se requiere y es nesesario, a Santiago Domíngues, vesino desta siudad, tutor, guardador y administrador de las personas y bienes de don Juan y don Thomás de la Serna Espínola, nuestros cuñados y hermanos menores, de que el presente escribano da feé espesial, para que en nuestro nonbre y en el suyo, como tal administrador, pueda bender y benda al contado o al fiado, por el presio o presios que ajustare y consertare, trocar o cambiar o en otra forma enajenar, una esclaba que tenemos y heredamos de los dichos nuestro padre y suegro, que está pro indibiso y por partir entre nosotros, nonbrada Antonia de Jesús, mulata color brenbrillo cocho, de edad de cuarenta años, otorgando en razón de ello en favor de la persona con quien se librare dicha benta o cambio la escriptura o escripturas que conbengan, declarando en ellas ser dicha esclaba nuestra propia y que no tiene bisio, tacha, defetos ni enfermedades exteriores, y en lo demás, dándola a uso de feria y mercado franco como güesos en costal, y que el presio en que la (ajus)tare es el justo que tiene de balor y haya (ilegible) de la demasía desistiéndonos del derecho que a ésta tenemos con el del patronato y sediéndolo en el dicho comprador o compradores…”


sábado, julio 25, 2026

LA COFRADÍA DE SANTIAGO DEL CAMINO DE MEDINA SIDONIA EN EL SIGLO XVII

 


Imagen de Santiago en el ático del retablo de la ermita de los Santos Mártires y de Santiago del Camino de Medina Sidonia

LA COFRADÍA DE SANTIAGO DEL CAMINO DE MEDINA SIDONIA EN EL SIGLO XVII

Jesús Romero Valiente

Más allá de las palabras de Martínez Delgado en su Historia de la ciudad de Medina Sidonia poco se sabe sobre las cofradías de Santiago Apóstol y de Santiago del Camino de Medina Sidonia. Decía el Vicario en su catálogo: “Las de Santiago del Camino y Santos Mártires, extramuros de esta ciudad. La de Santiago Apóstol existía el año de 1560 y permanecía en el de 1669”. Y continuaba recordando que “el hermano Juan de Viera… se denominaba hermano mayor de los ermitaños de la ermita de Santiago del Camino” y que trajo en 1666 de su estancia en Roma una imagen de la Virgen de Loreto para la que labró altar en la ermita de los Santos, logrando también muchas indulgencias para la misma.

Añadimos a lo dicho algunos fríos testimonios notariales sobre la existencia de la cofradía de Santiago del Camino en el siglo XVII. El cinco de julio de 1626 su hermano mayor, el licenciado Antonio de Natera Ortega, y sus dos mayordomos otorgan una escritura que hacen llegar al vicario de Medina solicitando que las diez o doce aranzadas de tierra “allegadas a la dicha cofradía” que dan muy poca renta pudieran darse a tributo y así sus inquilinos les sacarían provecho convirtiéndolas en viñedo. Llegada tal solicitud a don Juan Bautista Suárez de Salazar, canónigo de la catedral de Cádiz y juez oficial de su diócesis, se inició un proceso de información en el que intervinieron varios testigos. El licenciado y cura de Medina Sebastián López Montañés juró: “Que sabe y tiene noticia de siertas aransadas de tierra que son de la dicha cofradía y ermita del señor Santiago del Camino, que están alrededor de la dicha ermita, y sabe y tiene por sierto que será cosa útil y probechosa dar a tributo las dichas tierras para ponerlas de viñas porque son a propósito para ello y porque estará la dicha hermita con más desençia puestas de viñas, porque, como agora están, no sirben sino de sestil de ganados, que un guerto que allí está lo tienen destruido y hasta la yglesia no ai quien pueda defenderla de los ganados (…), porque asimismo es más útil y más renta para la dicha hermita, porque para senbrar ganavan  las dichas tierras de dose a trese ducados y no se sienbran cada año, y para viñas sabe que darán más y más sierta renta por ser en todos los años la paga del tributo”. Razones parecidas dio el cura licenciado Simón Gutiérrez de la Fuente. Juan Ximénez de la Sida añadía que “por estar allí junto el prado de los cavallos, traen los potros los cavallerisos a trabarlos alredor de la dicha ermita” y ensucian su puerta y aledaños. Vistos los argumentos por la superioridad, el vicario de Medina, Alonso de Novela, mandó sacar a pregón las tierras para recibir posturas, y éstas fueron adjudicándose por partes a uno y medio o a dos ducados anuales por aranzada.

Sobre estas tierras y las que con ellas lindaban tenemos noticias varias. El 30 de marzo de de 1639 Gonzalo Martín Toledo y su mujer venden dos aranzadas de viña que poseen en el pago “que dizen de los Santos” y que tienen un cargo de censo y tributo de 36 reales “que en cada un año se paga a la yglesia y cofradía de señor Santiago del Camino por el día de señor san Miguel”. El 9 de febrero de 1641 el alférez Pedro de Nieto Guerrero da a censo y tributo a Sebastián Jiménez de la Joya una aranzada de tierra calma que posee en el pago de los Santos, “que por una parte alinda con tierra de la cofradía del señor Santiago del Camino”. En su testamento de 16 de septiembre de 1691 Juan García Redondo manda que se paguen 51 reales de vellón que debe “del tributo de un año que se cumplirá el día se señor san Miguel venidero deste año del tributo que pago a dicha cofradía sobre tres aranzadas menos quarta de viña y tierra calma que están en el pago de los Santos”.

La cofradía también obtenía beneficios de algunos censos y tributos impuestos sobre casas en el pueblo, y de mandas testamentarias.  Ana Núñez de Picazo en sus últimas voluntades expresadas en 1606 pedía que le acompañasen en su entierro las hermandades de la Veracruz, de Nuestra Señora del Rosario, de la Concepción, de Santa Catalina y de Santiago del Camino, a las que debía pagarse la limosna acostumbrada. A esta última además había de dársele un ducado el día de su fallecimiento. El presbítero Francisco Delgado y Mendoza vende el tres de mayo de 1694 a Francisco Núñez una casa que posee en la calle del Espíritu Santo con un cargo, entre otros, de un tributo de dos ducados y medio a favor de la cofradía del señor Santiago del Camino.


miércoles, julio 22, 2026

SOBRE LA CONSTRUCCIÓN DE LA PLAZA DE ABASTOS DE MEDINA SIDONIA Y LA PLAZA DE ESPAÑA


Fachada de la Plaza de Abastos a la calle San Juan 


SOBRE LA CONSTRUCCIÓN DE LA PLAZA DE ABASTOS DE MEDINA SIDONIA Y LA PLAZA DE ESPAÑA

Jesús Romero Valiente

La plaza de abastos de Medina Sidonia, inaugurada en 1871, se construyó en su mayor parte sobre los terrenos de la huerta del convento de San Cristóbal, que en 1866 cedía la Iglesia al Ayuntamiento siendo obispo de Cádiz Félix María de Arriete y Llanos. Pero no toda ella.

El 10 de noviembre de 1864 se reunía el Ayuntamiento, presidido por su alcalde Antonio Pérez Rendón y acompañado de los mayores contribuyentes de la ciudad, para dar curso al expediente, ya visto por el Gobernador Civil de la provincia, en el que se había considerado atender a la propuesta que había hecho el 14 de septiembre del mismo año el vecino Francisco Montes de Oca de ceder parte de las accesorias de su propiedad situadas en la calle de San Juan“ para incorporarlas a la plaza de abastos” que se estaba proyectando, evidentemente estarían situadas en lo que es la fachada principal del edificio existente. A cambio pedía que se le dieran nueve mil reales y un terreno perteneciente al caudal de propios junto a otras accesorias que él mismo tenía en la Plaza de la Constitución con el compromiso de edificarlas y “hacer redondas sus esquinas”. Visto el justiprecio de una y otra propiedad que habían facilitado los peritos públicos y después de un detenido examen, se pasó a la votación. El primer teniente de alcalde, Francisco de Paula Rosso, “dijo que era conveniente y útil a los intereses públicos aceptar en todas sus partes la proposición hecha por don Francisco Montes de Oca, porque con el terreno que va a introducirse en la plaza procedente de las accesorias se da más amplitud a aquélla, y las oficinas de pescadería y demás que van a establecerse serán más capazes, así como el patio para los puestos; que el terreno que se ha de conceder para edificar no causa en su concepto el menor perjuicio”. Y así lo ratificaron todos los presentes por unanimidad. Por tanto, se empezó a disponer el contrato pertinente con el que se ganaban para la nueva plaza de abastos “ciento cincuenta y ocho, treinta céntimos de vara” a cambio de “ciento treinta y siete y media” en la Plaza de la Constitución, no sin antes hacer la preceptiva información a las instancias superiores, que debían autorizar la publicación del edicto correspondiente. Se pidió a Gobernación que encargara  a don Juan de la Vega, el arquitecto provincial que estaba planificando el nuevo mercado, que acudiera al pueblo y llevara a cabo las necesarias mediciones atendiendo siempre a la distancia que debía existir entre los bancos de la Plaza y la fachada de las casas de Francisco Montes de Oca, pues, como se le cedían cinco varas, aquélla quedaba reducida a 15 y “la moderna legislación de policía urbana” era favorable a los ensanches. El arquitecto emitió su informe, en el que dejaba claro que la anchura que ganaba don Francisco en sus casas (números 26 y 27) del derredor de la Plaza de la Constitución era de cuatro metros y dieciocho centímetros y a cambio entregaba las accesorias de su propiedad en la calle San Juan numeradas con el uno, dos y parte del tres (la otra parte entendemos que correspondía al negocio popularmente conocido hoy como Aniana); y lo acompañó de un plano detallado del lugar. Aseguraba que “aun cuando esta faja de terreno se ceda, el tránsito público nunca quedará menoscabado, porque desde su límite a la parte más saliente del paseo formado en el centro de la Plaza de la Constitución quedarán todavía doce metros y diez centímetros, y a la más entrante de dicho paseo catorce metros y ochenta y nueve centímetros, ancho más que suficiente para el paso de dos carruages de vuelta encontrada y gente de a pie a la vez”. La permuta, seguía, beneficiaría la comodidad y el ornato público “porque el nuevo mercado podrá entonces tener dos fachadas propias y decoradas, una a la calle de San Juan y otra a la de los Baros; y en el frente de la Plaza, en vez de dos casas mezquinas, bajas, ruinosas y de pésimo aspecto, se construirán otras semejantes a las que ya existen, que son las únicas que faltan para el embellecimiento completo de este paraje, que es el principal y mejor de la ciudad”. Y añadía: “la cesión del terreno de la Plaza deberá hacerse siempre con la condición de que, al labrarse las casas números veinte y seis y veinte y siete, han de sugetarse en sus frentes y costados a las alineaciones señaladas [en el plano]”. Poco más había que hablar. El resultado de todo ello seguimos disfrutándolo hoy. 



Las antiguas casas de Francisco Montes de Oca que miran a la Plaza de España hoy día
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