domingo, mayo 10, 2026

ILUMINAR AL CRISTO DE LA SANGRE EN LA SANTA ESCUELA DE CRISTO DE MEDINA SIDONIA


 Pocos son los datos que tenemos sobre la Santa Escuela de Cristo de Medina Sidonia más allá de los que refiere el vicario Francisco Martínez Delgado en su Historia de la ciudad de Medina Sidonia (pp. 242-243), que no vamos a repetir pues de todos son conocidos. Ahora, gracias a un documento fechado el 28 de enero de 1798 podemos añadir algunos más. Ese día el indigno obediencia Francisco Martínez, que no era otro sino el susodicho vicario, comunicó a los hermanos de la congregación una vez terminados sus ejercicios que era preciso tener una junta para deliberar sobre “cierto asunto”. Allí estaban presentes, además del presbítero e indigno secretario del instituto Juan Ximénez Cote, que ya había anticipado la convocatoria unos días antes: Cristóbal Rosano, Cristóbal Baena, José Rubio, el presbítero Pedro Baca, Antonio de la Serna, José Santaella, Hipólito Benjumea, Francisco Montero, Cristóbal Pérez, Juan Vizcanda, José Asencio, José Ortega, Antonio Collantes, Juan de Ortega, Diego Romasanta, Sebastián Cornejo, Miguel de Amaya, Juan García Ramírez, Francisco Herrera, Pedro de Ortega, Bartolomé Moreno y Carmona, Pedro Moreno, Juan Cordero, Gil López y Francisco Pérez Casasola. El secretario leyó un memorial presentado por don Vicente Ximénez, vecino de la ciudad, fechado el 25 de enero, por el que pretendía que se le diesen a censo para cercarlas y plantarlas de arboleda las dos aranzadas de tierra calma que había legado a la Escuela don Pedro Martínez de Surga. Bartolomé Moreno, a la sazón abogado de los Reales Consejos, expuso entonces que no debía olvidarse que este legado testamentario, de 1788, tenía como fin que su producto se invirtiera por partes iguales en aceite para las lámparas del Cristo de la Sangre y del Cristo de las Penas, que se veneraba en la cercana ermita de Santa Ana; que el producto de estas tierras era bajo, pues el año que se arrendaban daban 50 reales; que estaban valoradas por el apreciador público en 660 reales, y el aspirante a censatario les daría un valor de 1000 con su nuevo destino, así que la diferencia bien podía considerarse una limosna a la Santa Escuela, como decía don Vicente; y que éste estaba dispuesto a pagar 60 reales de réditos, que, aun siendo corta anualidad, aseguraba la piadosa voluntad del testador pues el censo tenía carácter indefinido. Los argumentos del jurista resultaron convincentes, y los hermanos aprobaron dar las tierras a censo considerando que en modo alguno suponía ello la enajenación que prohibía el testamento. Entonces uno de los hermanos, Cristóbal Rosano, expresó su voluntad de tomar también dichas tierras a censo. Así que, según la costumbre del instituto se hizo preciso recurrir al vaso y las bolillas para que los hermanos votaran secretamente. Salió vencedor en el sufragio Vicente Ximénez, a quien se le advertiría que correrían de su cuenta los costos de las diligencias legales necesarias “porque la Escuela no tenía fondo con que poder costear todo lo dicho”.


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