Pocos son los datos que tenemos sobre la
Santa Escuela de Cristo de Medina Sidonia más allá de los que refiere el
vicario Francisco Martínez Delgado en su Historia de la
ciudad de Medina Sidonia (pp. 242-243), que
no vamos a repetir pues de todos son conocidos. Ahora, gracias a un documento
fechado el 28 de enero de 1798 podemos añadir algunos más. Ese día el indigno
obediencia Francisco Martínez, que no era otro sino el susodicho vicario,
comunicó a los hermanos de la congregación una vez terminados sus ejercicios
que era preciso tener una junta para deliberar sobre “cierto asunto”. Allí
estaban presentes, además del presbítero e indigno secretario del instituto
Juan Ximénez Cote, que ya había anticipado la convocatoria unos días antes:
Cristóbal Rosano, Cristóbal Baena, José Rubio, el presbítero Pedro Baca,
Antonio de la Serna, José Santaella, Hipólito Benjumea, Francisco Montero,
Cristóbal Pérez, Juan Vizcanda, José Asencio, José Ortega, Antonio Collantes,
Juan de Ortega, Diego Romasanta, Sebastián Cornejo, Miguel de Amaya, Juan
García Ramírez, Francisco Herrera, Pedro de Ortega, Bartolomé Moreno y Carmona,
Pedro Moreno, Juan Cordero, Gil López y Francisco Pérez Casasola. El secretario
leyó un memorial presentado por don Vicente Ximénez, vecino de la ciudad,
fechado el 25 de enero, por el que pretendía que se le diesen a censo para
cercarlas y plantarlas de arboleda las dos aranzadas de tierra calma que había
legado a la Escuela don Pedro Martínez de Surga. Bartolomé Moreno, a la sazón
abogado de los Reales Consejos, expuso entonces que no debía olvidarse que este
legado testamentario, de 1788, tenía como fin que su producto se invirtiera por
partes iguales en aceite para las lámparas del Cristo de la Sangre y del Cristo
de las Penas, que se veneraba en la cercana ermita de Santa Ana; que el
producto de estas tierras era bajo, pues el año que se arrendaban daban 50
reales; que estaban valoradas por el apreciador público en 660 reales, y el
aspirante a censatario les daría un valor de 1000 con su nuevo destino, así que
la diferencia bien podía considerarse una limosna a la Santa Escuela, como
decía don Vicente; y que éste estaba dispuesto a pagar 60 reales de réditos,
que, aun siendo corta anualidad, aseguraba la piadosa voluntad del testador
pues el censo tenía carácter indefinido. Los argumentos del jurista resultaron
convincentes, y los hermanos aprobaron dar las tierras a censo considerando que
en modo alguno suponía ello la enajenación que prohibía el testamento. Entonces
uno de los hermanos, Cristóbal Rosano, expresó su voluntad de tomar también
dichas tierras a censo. Así que, según la costumbre del instituto se hizo
preciso recurrir al vaso y las bolillas para que los hermanos votaran
secretamente. Salió vencedor en el sufragio Vicente Ximénez, a quien se le
advertiría que correrían de su cuenta los costos de las diligencias legales
necesarias “porque la Escuela no tenía fondo con que poder costear todo lo
dicho”.