jueves, noviembre 29, 2012

Thebussem (XXXII)

gasparprezdeguzmnysando La conspiración de Medina Sidonia
Gaspar Alonso Pérez de Guzmán y Gómez de Sandoval, IX duque de Medina Sidonia, Anónimo (s. XVII), Palacio de los Duques de Medina Sidonia. Imagen tomada de wikipedia

Cómo se acabó en Medina el Rosario de la Aurora,
por el Doctor Thebussem (IX)


Este párrafo de Alonso de Beas deja plenamente satisfecha nuestra curiosidad por lo tocante a las revelaciones que hizo a su novia y a su confesor, y derrama completa luz sobre las verdaderas causas del angustiado fin del Rosario de Medina Sidonia. Completaremos el cuadro con otras noticias ligadas con el suceso que acabamos de historiar.

El Tío Frasquito Picazo murió de viejo, y dejó a su hija doña María por única y universal heredera de sus fincas, rebaños, aperos y doblones, gracias a los cuales sus nietos pudieron adornarse los pechos con sendos lagartos rojos de la orden de Santiago.

El corregidor se hospedaba algunas temporadas en casa de su deudo el contador mayor de la casa del Duque de Medina Sidonia, residente en Sanlúcar de Barrameda. Decían que una hermana de este empleado, arrogante moza por cierto, crió al niño Osorio, huérfano de padre, que era, con diferencia en veinticinco años de edad, un retrato de su padrino el octavo duque don Manuel Pérez de Guzmán. Éste sufragó los gastos de su crianza y educación, y le dejó algunos escudos en su testamento. Parece que con la protección del noveno duque, aumentada ahora con el triste suceso de Medina, que dejó sordo de un oído al licenciado, lo nombraron, aun cuando era demasiado joven, oidor de la Chancillería de Granada. El mozo conseguía siempre del tribunal que su protector llevase justicia en los repetidos pleitos que allá llegaban sobre alcabalas, almotacenes o almojarifes correspondientes a la opulenta casa de Guzmán. Las cicatrices y sordera de su oreja derecha las achacaba Osorio a cierta aventura de mocedad originada delante de un “bravísimo toro”, que hirió y acorraló a más de veinte personas.

Pedro Laurenciano, juntando gentil patrimonio, llegó a ser uno de los más ricos mercaderes del puerto del Callao en la ciudad de los reyes del Perú. En espera del fin de su último negocio para dar la vuelta a España, se interpuso la muerte cobrándole la vida, y no pudo realizar su deseo, acariciado por más de treinta años, de regresar a la patria.

La cofradía de las Ánimas llegó a extinguirse en 1784 por la prohibición de los Rosarios nocturnos decretada por el obispo de Cádiz, a causa de que tales actos no eran ya, ni con cien mil leguas, todo lo edificantes y cristianos que fueron en la época de la fazaña del “toro negro”.

Las veinticuatro misas de la fundación hecha por Pedro Laurenciano y Alonso de Beas “en descargo de sus conciencias, aumento del culto divino e sufragio de las ánimas benditas”, dejaron de rezarse desde la época en que Carlos IV y don Manuel Godoy consiguieron del pontifice Pío VI autorización para vender los bienes de las obras pías españolas.

Alonso de Beas y su mujer lograron dichoso matrimonio y tuvieron sobrados bienes de fortuna gracias a la herencia del Tío Frasquito, y gracias también a que ni él dejó de mover la pluma, ni ella el huso y la rueca. Entre las cargas de escombro que salieron en 1850 del convento de San Agustín de Medina Sidonia, se hallaban unos trozos de mármol negro, que juntos daban la siguiente leyenda:

+
ESTA SEPVLTVRA I ENTIERRO
ES DE D. FRANCISCO PICAZO
I DE D. ALº. DE BEAS MONTERO
I DE DOÑA MARÍA PICAZO SV
MVGER, Y DE SVS EREDEROS
I SVCESORES § RVEGVEN A DIOS
POR SVS ANIMAS § Aº. DE 1680.

Retablo mayor de la iglesia del convento de San Agustín de Medina Sidonia (foto J. Romero)
(Continuará)

jueves, noviembre 22, 2012

Thebussem (XXXI)


El Rosario de la Aurora, grabado a partir del cuadro de José García Ramos del mismo título, aparecido en La Ilustración Española y Americana en el número de 8 de julio de 1884

Cómo se acabó en Medina el Rosario de la Aurora,
por el Doctor Thebussem (VIII)

Pedro Laurenciano, uno de los principales personajes de la presente historia, era un pobre huérfano, criado desde la infancia por los padres de Alonso de Beas. Pedro era hábil por extremo en el oficio de escribano, y solicitaba por medio de un su pariente que lo nombrasen para el desempeño de semejante cargo. Cuando le avisaron que iba a ser elegido, dijo a sus padrinos estas palabras: “Yo amo a vuestras mercedes más que si fuesen mis padres, y a Alonso de Beas más que si fuese mi hermano; deseo que Alonso sea el cartulario de Medina Sidonia; allá nos iremos ambos; yo trabajaré, y él no hará más que firmar y cobrar lo que se gane; no tenéis que agradecérmelo, pues sabéis que toda mi ambición se reduce a adquirir algunos ducados para irme a las Indias, y no a pasar la vida entre papeles y escrituras”. Semejante rasgo de confianza y de gratitud, que llenó de entusiasmo a la familia, nos da la clave del regalo de doña María, a quien constaban tales pormenores y antecedentes.

Pedro Laurenciano, pues, se embarcó en Cádiz en un galeón, y después de mil contratiempos y adversidades, llegó al Perú. De año en año recibía Alonso de Beas largas cartas con menudas noticias de la vida y negocios de su querido amigo. Las granjerías de éste prosperaron tanto, gracias a su talento, penetración y astucia, que a los pocos años envió mil pesos ensayados, para que con ellos se fundase una capellanía con obligación de doce misas al año aplicadas a las ánimas benditas, y una hermosa joya de oro y perlas para doña María ―”pues no puedo olvidar ―consignaba― que a vosotros os debo toda mi felicidad y mi ventura”.

Alonso le contestó que él tenía determinado también dotar otra memoria de misas semejante, y que agregando por su parte suma igual, se haría un cuerpo de ambas cantidades, poniendo la obligación de veinticuatro misas, o sea, doce por la intención de cada fundador; que doña María estimaba mucho su joya, la cual, después de usarla en vida, sería legada a Nuestra Señora del Rosario; y, por último, que la gratitud era mutua y recíproca, “puesto que si vos ―le decía―, eximio amigo Pedro Laurenciano, no hubieseis hecho el artificioso disfraz con cuyos cuernos e aparato fingisteis tan bizarramente el TORO NEGRO en aquella madrugada, e simulasteis de antemano en mi brazo la herida que engañó la pericia del cirujano, pasando luego todo lo que sabemos, quizá no se hubiera verificado mi casamiento con doña María, ni vos e yo nos halláramos hoy, gracias a la Divina Providencia, colmados de prosperidad y bienandanza”.

(Continuará)

sábado, noviembre 17, 2012

Onomásticas (I)

Santa Isabel de Hungría curando a los tiñosos, Bartolomé Esteban Murillo (1667-70), Hospital de la Caridad (Sevilla)
Santa Isabel de Hungría

Isabel, hija del rey Andrés II de Hungría, conocido como el Hierosolimitano, y Gertrudis de Merania, hermana de la que luego sería Santa Eduvigis de Silesia, nació en Presburgo el 7 de julio de 1207 y se educó en la corte húngara con sus hermanos los príncipes Béla, Colomán y Andrés. Su madre fue asesinada en 1213, y dos años después su padre contrajo nuevo matrimonio, del que nacería Violante de Hungría, esposa que fue de Jaime I de Aragón.

Isabel fue casada en 1221 con el margrave Luis de Turingia-Hesse (matrimonio de conveniencia para contrarrestar el poder del rey Felipe de Suabia) con quien, al parecer, llevó una vida cargada de felicidad. Su marido veía con buenos ojos las labores caritativas a las que era tan dada (visitaba a sus vasallos más menesterosos para darles alimento, regaló la plata de sus arcas y las alhajas de su dote), pues pensaba que le harían ganar el cielo. Cuenta la leyenda que al regalar su manto de armiño a una pobre anciana muerta de frío en la calle, vio que éste se transformaba en la imagen de Cristo. Estas labores contaron, sin embargo, con la reprobación de algunos nobles, entre ellos su cuñado Conrado, por considerar que se estaban dilapidando el patrimonio y las reservas del principado, de manera que fue acusada ante su marido. Sorprendida mientras salía de palacio cargada con sus donativos, hubo de mentir diciendo que llevaba rosas en su falda (olvidó Isabel que era pleno invierno); y cuando se le pidió que las mostrara, los mendrugos de pan que en realidad llevaba se convirtieron en estas flores. En otra ocasión su suegra, la duquesa viuda Sofía, hizo entender al margrave, que regresaba a palacio tras una corta ausencia, que había oído voces en la alcoba del matrimonio. Cuando Luis derribó la puerta, encontró un crucifijo sobre la cama: en él se había transformado el pobre leproso al que Isabel cuidaba en ella.  

La piadosa conducta de Isabel se acrecentó cuando hubo de sustituir a Luis en el mando en 1226 al acudir éste a la Dieta de Cremona en lugar del emperador Federico II, del que era amigo y aliado; tuvo que hacer frente entonces a las desgracias que trajeron las inundaciones y plagas de aquel año.

Dirigida espiritualmente por el inquisidor Conrado de Marburgo, la vida de Isabel cambió totalmente a raíz de la muerte de su esposo el 11 de septiembre de 1227 mientras se dirigía a unirse a la Sexta Cruzada bajo las órdenes del Emperador. Dieciocho días después daba a luz a su hija Gertrudis (más tarde beata Gertrudis de Altenberg), que sería criada por las monjas premonstratenses del monasterio de Wetzlar. Desamparada, en una corte hostil y víctima de nuevas acusaciones de prodigalidad, fue expulsada de palacio y hubo de buscar socorro en Marburgo entre sus tíos, la abadesa Mectildis de Kitzingen y el obispo de Bamberg. Poco después consiguió una indemnización gracias a las gestiones de su confesor y abogado, obteniendo algunas posesiones en Marburgo. Pero Isabel renunció a ellas e ingresó en la Orden Tercera vistiendo el hábito franciscano. A San Francisco dedicó el hospital que hizo construir en la ciudad, donde fueron atendidos muchos de los cruzados que regresaban enfermos de Tierra Santa.   

Isabel falleció en Marburgo cuando contaba sólo 24 años. En 1235 sería canonizada por el papa Gregorio IX ante el emperador Federico siendo reconocida entonces como "la mujer más grande de la Edad Media alemana". Su cuerpo fue colocado en un altar dorado en la que se conoció luego como iglesia de Santa Isabel, y la Orden Teutónica adoptó a la santa como su segunda patrona junto a la Virgen María y San Jorge.

El culto a Santa Isabel se extendió muy rápidamente por el este de Europa, popularizándose su nombre. A la Península Ibérica llegaría con la ya citada Violante de Hungría. A Italia, tras el matrimonio de la princesa María de Hungría con Carlos II de Nápoles en 1270.

A Santa Isabel se la suele representar socorriendo a pobres y enfermos, siendo muy popular su figura con el regazo lleno de las rosas en que se convirtieron los alimentos que destinaba a los menesterosos. Se la reconoce por llevar una o más coronas y lujoso vestido, aunque a veces los artistas prefieren mostrarla con el hábito franciscano.

-Luis Monreal y Tejada, Iconografía del Cristianismo, Barcelona, El Acantilado, 2000; Charles Forbes Montalembert, Historia de Santa Isabel de Hungría, duquesa de Turingia, Barcelona, Librería Religiosa, 1858; Javier Martín Artajo, Santa Isabel de Hungría, Año Cristiano IV (1960), Madrid, Ed. Católica; Santa Isabel de Hungría, wikipedia.

jueves, noviembre 15, 2012

Thebussem (XXX)



Una escena galante, Antonio Gisbert (h. 1873), Museo de Bellas Artes Gravina (Alicante)

Cómo se acabó en Medina el Rosario de la Aurora,
por el Doctor Thebussem (VII)

Al medio año de todos estos sucesos corrían las amonestaciones de Alonso de Beas Montero con doña María Picazo. El Tío Frasquito se hallaba contento del matrimonio, porque le tenía más cuenta meter en casa una pluma que una espada. Doña María, satisfecha con su futuro esposo y rebosando felicidad, arreglaba galas y joyas para la boda. En el novio se notaban, por el contrario, síntomas de inquietud y de tristeza, crecientes a medida que se acercaba el día de las bendiciones nupciales. Una noche, obligado ya por su prometida, le dijo estas palabras:

―Cierto, amada doña María, que hay una amargura en mi corazón; ciertísimo que mi conciencia no está tranquila; escuchad y aconsejadme, que juro obedeceros.

―Hablad, Alonso, hablad ―dijo doña María llena de terror.

Lo que el escribano, pálido como la muerte, decía al oído de su novia era imposible que lo pudiera escuchar más que ella sola. La cara de doña María iba revelando las impresiones que le causaban las palabras de Alonso: primero, sorpresa y asombro; luego, curiosidad; después..., sonora carcajada; y, por último, una seriedad triste y cariñosa, con la cual le dijo:

―Alonso mío, ¡cuán bueno y honrado sois! Yo os perdono, pero creo que es preciso que también os perdone Dios. Mi consejo es que contéis vuestras culpas a fray Pedro del Carmen.

El dicho religioso, al escuchar al penitente, quedó pasmado y atónito. ―¡Válganos Dios! ¡Válganos Dios y su Santa Madre! ―repetía el buen fray Pedro, llevándose las manos a la cabeza. ―¡Miserias humanas, flaquezas de la criatura...!

Finalmente, Alonso recibió la absolución del cielo, y salió de la humilde celda del confesor derramando lágrimas de satisfacción y de alegría.


La boda, José Villegas Cordero (1875), Colección particular
Las bodas fueron suntuosas, y el Tío Frasquito echó la casa por la ventana. Doña María dio libertad a la más antigua de sus esclavas, y regaló cuatrocientos ducados a Pedro Laurenciano, para que lograse su vehemente deseo de marchar a las Indias en busca de fortuna.

¿Y quién era Pedro Laurenciano?

(Continuará)

viernes, noviembre 09, 2012

Thebussem (XXIX)



La rebotica, José Jiménez Aranda (1882), colección particular (Madrid)

Cómo se acabó en Medina el Rosario de la Aurora,
por el Doctor Thebussem (VI)

El lector puede figurarse los comentos y ponderaciones del suceso que por más de una semana hizo el público medinés, corriendo la tragedia de boca en boca hasta llegar, corregida, estropeada y aumentada, a noticia de los pueblos circunvecinos. Los enfermos se curaron en ocho días; Alonso de Beas llevó por quince un cabestrillo a causa de la gran inflamación que le produjo su herida del brazo. El pueblo falló por unanimidad sobre tres puntos, a saber: que el toro autor del desastre fue el negro, de mala intención y pegajoso, lidiado en la tarde anterior, que, en vez de salir al campo, se hubo de quedar encerrado en las tortuosas callejuelas que iban desde la villa al alcázar, y que acometió al Rosario atraído por las luces de los faroles; que el caso de Juan Godínez, de no recibir daño de la fiera, fue indudablemente milagroso; y que la hazaña de Alonso de Beas, salvando el pendón y llamando al toro, excusó desgracias sin cuento, y hasta la misma muerte del corregidor.

Este lauro, este triunfo y esta satisfacción, no solamente contribuyeron para captarle muchas voluntades y proporcionarle muchas escrituras, sino que también ayudaron, más que todas las drogas de la farmacia, a calmar los dolores y a cicatrizar la herida del valeroso escribano.

Al revés sucedía con las del corregidor. La fluxión de la cara, los destrozos de la oreja y la pesadez en el cerebro, aun cuando no presentaban gravedad, se recrudecían con amargos e intensos sufrimientos morales, hijos del carácter, posición e idiosincrasia del individuo, pues sabido es, como dijo Cervantes, “que el descaecimiento en los infortunios apoca la salud y acarrea la muerte”.(1) No podía olvidar que un triste escribano lo había salvado, ni menos que doña María y hasta la misma Virgen debieran juzgarlo débil y cobarde, ni tampoco que se hallaba humillado, atropellado y escarnecido en presencia del pueblo cuya autoridad suprema ejercía. Semejantes ideas produjeron tal abatimiento en el pobre golilla, que ni las mejores medicinas del maestro boticario, ni el aceite de la lámpara del Santísimo, ni las oraciones y reliquias de las comunidades religiosas, ni la enjundia de gallina negra, ni el tomillo cortado en luna menguante por niña menor de siete años, ni otros muchos remedios infalibles, bastaban para aliviar una dolencia que nada tenía de peligrosa, al decir del físico Gil Martínez, apoyado en tres aforismos de Hipócrates. En resolución, el corregidor se fue a Sanlúcar de Barrameda, donde parece que se restableció al poco tiempo, y no vino más a Medina Sidonia. Se dijo que iba a la Chancillería de Granada.

(Continuará)

(1) Don Quijote de la Mancha, parte II, cap. I. Palabras dirigidas en su despedida del manicomio a un compañero enjaulado por el protagonista del "Cuento del loco de Sevilla", referido por el barbero a Don Quijote, el cura, el ama y la sobrina.

viernes, noviembre 02, 2012

Thebussem (XXVIII)


Preparando el Rosario, José Rico Cejudo, Ayuntamiento de Sevilla

Cómo se acabó en Medina el Rosario de la Aurora,
por el Doctor Thebussem (V)

Antes de las cuatro de la madrugada del día dos de octubre se hallaban reunidos los sesenta y tantos cofrades de las Ánimas en la ermita de Santa Catalina. Los muñidores arreglaron las luces, tocaron las campanillas y distribuyeron las insignias. Arrodillados en la iglesia, rezadas algunas oraciones y comenzado el Rosario, se puso en marcha la procesión. Precedíala una cruz de madera negra, seguía después el estandarte de las Ánimas, y luego el pendón de la Virgen, que por su peso y balumbo necesitaba el amparo de un tahalí y el auxilio de ambas manos. Ocho limpios faroles, grandes como castillos, que por su hechura y número de vidrios semejaban labor morisca, colocados en pértigas de madera, rodeaban y alumbraban las citadas insignias. Casi todos los cofrades llevaban cubierta la cabeza, y aun parte del rostro, con lienzos o capirotes; muchos, por penitencia, iban descalzos. El sentimiento religioso de aquella reunión se veía y se tocaba al contemplar su parte material y externa. La oscuridad y el silencio de las calles; la niebla que reinaba en la atmósfera; el paso mesurado de la comitiva; el son de los fagotes y la voz dulce y grave del rezo, daban a la ceremonia un realce y sabor cristiano mucho más marcado y característico que el de las fastuosas procesiones hechas en mitad del día con acompañamiento de músicas y de imágenes cubiertas con paños de oro, adornadas de perlas, diamantes y esmeraldas.

Hallándose el Rosario en la calle estrecha y tortuosa que entonces llamaban del Jaujar y hoy dicen de Tintoreros, se notó una especie de movimiento extraño que puso en alarma a los que iban a la cola de la procesión. Cuando el desconcierto y la curiosidad comenzaban a nacer, se oyó un fuerte mugido y se advirtió la aproximación de un bulto negro, que caminaba a paso ligero. Los cofrades más cercanos al peligro dieron la voz de alarma, gritando: “¡Un toro...!¡Un toro...!¡Apagad los faroles!”

La consternación fue horrible. Unos huyeron, otros se ampararon en las jambas de las puertas, y otros asaltaron las ventanas. El licenciado Osorio se disponía a soltar el pendón que le quitaba todo linaje de defensa, cuando afortunadamente pudo recogerlo Alonso de Beas. Los que huían del cercano peligro atropellaron en la fuga al corregidor, que cayó junto a un farol cuya vela continuaba ardiendo. La fiera, atraída por la luz, se lanzó a ella. Alonso de Beas, sereno, ágil y valiente, como aquellos soldados cristianos que no temían a un enjambre de moros; Alonso de Beas, con el pendón en la mano izquierda y el ferreruelo(1) en la derecha, llamó a l toro, que se hallaba a punto de destrozar al juez, y consiguió darle salida. El animal tomó la calle abajo, corneando de pasada un capirote que halló en el suelo y rompiendo por completo las celosías de una ventana.

Sálvese quien pueda, José García Ramos, Colección particular (Sevilla)
Cuando los vecinos abrieron las puertas, sacaron luces y trataron de prestar socorro, comenzaban a llegar los fugados. Las desgracias tuvieron alguna importancia: dos cofrades con daño en la frente, uno por haberse caído y otro por chocar con una esquina; el corregidor, con la oreja, carrillo y hombro derecho magullados por las pezuñas del toro; Alonso de Beas, con una larga pero somera herida en el antebrazo, hecha por el cuerno de la res, y por último, tres o cuatro faroles destrozados. Las víctimas fueron curadas de primera intención con vendas y paños de vinagre, y luego conducidas a sus casas. En Juan Godínez, hombre octogenario, portador de la cruz, se verificó un milagro patente. De rodillas y abrazado a la sagrada insignia, esperó el peligro; el toro llegó junto a él, lo olfateó, y pasó de largo sin tocarle. Así lo mandó pintar en una tabla de cedro que, con su correspondiente rótulo, se colocó en el altar mayor de la ermita de Santa Catalina, donde a los pocos días se celebró solemne función de desagravios con elocuente sermón de fray Pedro del Carmen, en el cual demostró que la causa de aquellas desgracias eran los pecados de los hombres, concluyendo con fervorosa exhortación a la virtud, al arrepentimiento y a la penitencia. De la manera que dejo reseñada fue

Cómo se acabó en Medina
El Rosario de la Aurora

(Continuará)

(1) "Capa más bien corta, con solo cuello sin capilla", DRAE.

lunes, octubre 29, 2012

Thebussem (XXVII)


Taller de bordadoras, Gonzalo Bilbao (1910), Museo de Bellas Artes de Sevilla


Cómo se acabó en Medina el Rosario de la Aurora,
por el Doctor Thebussem (IV)


Este era el prólogo o embrión en que se hallaban los amores de Alonso y doña María, cuando llegó a Medina el corregidor Hernando Osorio de Cabrera, a quien ya conocemos. Fue visitado y agasajado espléndidamente por el Tío Frasquito y, según parece, no desagradaron al juez ni la frescura de doña María, ni los buenos doblones que debían importar las yuntas, cosechas, rebaños y cortijos de aquella única heredera. Toda la timidez y cortedad de Alonso de Beas, eran valor y osadía en el noble Osorio de Cabrera. La pobre muchacha se hallaba contenta y medrosa, halagada y humillada, triste y alegre. Bullían en su corazón y en su mente la posición de corregidora, su vida en la corte, su trato con ilustres damas, y todas las grandezas que echaba por su boca el farfantón del corregidor, y que la ignorante doncella tomaba por palabras del Evangelio. Entonces conoció ella por primera vez de su vida su pequeñez, su falta de educación y hasta su pobreza, cuando le hablaron de carrozas, pajes, dueñas, joyas y vajillas de plata. El instinto, sobreponiéndose a la vanidad del sexo, le decía que pudiera ser más feliz bajándose hasta Alonso de Beas, que elevándose hasta el magnífico licenciado Osorio. Ella prefería ser dominada por la humildad del primero más bien que por el poderío y arrogancia del segundo.

La lucha entre el escribano y el corregidor era tan imposible y absurda como la de la paloma con el águila, o la de la nuez con el martillo. Alonso de Beas aborrecía a Osorio, y deseaba que se marchase a otro corregimiento; pero la única guerra posible era la que le hacía con la intención y con el deseo. En aquellos días comenzó a circular el rumor de que Osorio de Cabrera tenía concertado su matrimonio en Huelva; pero nadie pudo saber ni la certidumbre ni el origen de la noticia, que sin duda nació para que llegase, como en efecto llegó, a oídos de doña María, la cual derramó algunas lágrimas de ira y despecho sobre el estandarte de tabí(1) morado que, con destino a la cofradía de las Ánimas, llevaba muchos meses de bordar con hilillo de oro y lentejuelas. El Tío Frasquito costeó la pértiga y cruz de plata de tan vistoso trofeo.
 

El sábado primero de octubre de 1639, víspera de Nuestra Señora del Rosario, hubo toros, hogueras y cohetes, dispuestos por los cofrades en celebridad de la fiesta de la Virgen. El señor corregidor acababa de ser recibido como hermano y, según acuerdo de la Junta, sería el primero en llevar el nuevo estandarte, que se hallaba de manifiesto, cautivando la atención del pueblo por su lujo, belleza, esplendor y bordados. Deferencia señalada era la de estrenar la insignia, a la cual el vicario había dado su bendición, según el ritual de la iglesia católica. Así pagaba la hermandad el honor de contar al noble corregidor entre sus miembros, y asimismo éste daba una prueba de respetuosa y amante deferencia a la dama que había labrado aquel primoroso emblema, hermanado el afecto sagrado con el profano, y cubriendo que digamos, lo temporal con lo eterno.

Doña María se hallaba, según sabemos, herida en su vanidad y en su orgullo con la noticia del casamiento de Huelva. Cuando el corregidor le manifestó la honra que él recibiría en la próxima noche al estrenar el pendón bordado por ella, se limitó a contestarle:

―Vuestra merced, señor mío, se merece cosa más noble y de más riqueza; sentiré que la cortesanía que conmigo usa pueda causarle molestia y pesadumbre.

―Nada vuestro puede causármela ―replicó el corregidor― ni juzguéis, señora mía, de tan poco esfuerzo a mis brazos que pueda abrumarlos una carga que tanta merced les hace.

―Así sea, y la Virgen proteja a vuestra merced ―respondió doña María con sequedad y desapego.

(Continuará)

(1) "Tela antigua de seda, con labores ondeadas y que forman aguas", DRAE.

viernes, octubre 26, 2012

Thebussem (XXVI)


¿Quién engañará a quién?, José Jiménez Aranda (1890), Colección particular (Madrid)

Cómo se acabó en Medina el Rosario de la Aurora,
por el Doctor Thebussem (III)


Seis u ocho meses llevaba de permanencia en Medina, con nombramiento de escribano público, Alonso de Beas Montero, y este mozo, más rico de imaginación que de bienes de fortuna, creyó que los mejores instrumentos que podía archivar en su protocolo eran el cuerpo y la dote de doña María Picazo. Si nos fijamos en que, por aquellos tiempos, el escribano carecía del tratamiento de “Don”, y en que su cargo era incompatible con la nobleza; si atendemos a la creencia general de que ninguno podía irse a la gloria; a la necesidad que tenían las leyes de advertir que su oficio “era honrado”; a los sarcasmos y burlas que les lanzan los escritores y poetas de todas las épocas; al recibimiento burlesco que, aun en nuestros días, suele tener el cartulario cuando el autor dramático lo saca a la escena, casi siempre con un corte ridículo; y a las palabras que se escapan de la pluma de un afamadísimo jurista moderno, que no sabe el porqué de la “sombra que cubre de tal manera esta profesión, que no le permite aparecer con aquel brillo que debe tener por su alta trascendencia”; si nos paramos, repito, en estos antecedentes, se comprenderá con facilidad la escasa consideración social de que disfrutaban los antiguos notarios, y el motivo de que la clase tomara justa venganza de tales agravios, devolviéndolos con usura a la sociedad, y justificando el amargo dicho de Larra de que Dios crió al escribano para tormento de todo el mundo.(1) Si se meditan y consideran todas estas circunstancias, y nos trasladamos con el entendimiento a la estrecha sociedad de un pueblo en el siglo XVII, comprenderemos que la idea de la conquista de México fue miel y manteca si se compara con el proyecto que abrigaba Alonso de Beas de enamorar y conseguir la mano de la rica hembra, y, aunque nueva, encopetada hidalga, doña María Picazo.

El pretendiente comenzó su campaña fortificándose en la iglesia, baluarte en aquellos días más fuerte y seguro para todo linaje de pretensiones que el que ofrece la miserable y chabacana política de nuestros tiempos. El buen escribano iba a la misma misa que su dama; se hizo cofrade de la Hermandad de las Ánimas Benditas, y tomó por confesor a fray Pedro del Carmen, de la Orden de San Agustín, que era el director espiritual de doña María. Este excelente religioso, a quien anunció su proyecto, manifestó que no haría oposición alguna si la doncella y su padre se hallaban conformes en que llegaran a celebrarse aquellas bodas.

La cofradía de las Ánimas Benditas, cuyo prioste era el Tío Frasquito Picazo, se hallaba establecida en la ermita de Santa Catalina,(2) y contaba entre sus miembros muchos curiales y gente principal de la población. En las madrugadas de los días festivos cantaban el Rosario por las calles y asistían, antes de retirarse, a la misa del alba. Siempre que Alonso de Beas llevaba la voz, daba la casualidad de que delante de las anchas ventanas de la casa de Picazo tocase decir las palabras de “Dios te salve, María, llena eres de gracia..., bendita tú entre todas las mujeres...” Tal coincidencia, y el pasar diariamente por la calle de la rica hembra, enteraron a ésta con rapidez de cuáles podían ser los pensamientos de aquel galán de la fe pública. Aun cuando, si a la dama le hubiera sido lícito escoger, hubiera preferido la espada a la pluma, y el mayorazgo o caballero de hábito al procurador o al escribano, parece que no le desagradó ni la figura, ni la humildad, ni el comedimiento de aquel mancebo, que en nada la ofendía con su platónico y respetuoso amor.

(Continuará)

(1) "Así como el portador de la candela era siempre muchacho y nunca envejecía, así la trapera no es nunca joven: nace vieja; éstos son los dos oficios extremos de la vida, y como la Providencia, justa, destinó a la mortificación de todo bicho otro bicho en la naturaleza, como crió el sacre para daño de la paloma, la araña para tormento de la mosca, la mosca para el caballo, la mujer para el hombre y el escribano para todo el mundo, así crió en sus altos juicios a la trapera para el perro. Estas dos especies se aborrecen, se persiguen, se ladran, se enganchan y se venden". Mariano José de Larra, "Modos de vivir que no dan de vivir. Oficios menudos", 29 de junio de 1835.
(2) Francisco Martínez y Delgado en su Historia de la ciudad de Medina Sidonia (Cádiz, Imprenta de la Revista Médica, 1875, p. 241) refiere que la congregación de Ánimas Benditas y Santo Cristo de la Providencia erigida en la ermita de Santa Catalina cesó en sus funciones en 1784 a raíz de la prohibición de los rosarios nocturnos por parte del obispo de Cádiz.

lunes, octubre 22, 2012

Thebussem (XXV)


El Rosario, José Gallegos y Arnosa, Colección particular (Madrid)

Cómo se acabó en Medina el Rosario de la Aurora,
por el Doctor Thebussem (II)

En la época a que nos referimos se hallaba la hidalguía en todo su vigor y pujanza, de modo que pertenecer al estado llano era poco menos que ser un paria. La nobleza requiere, del mismo modo que los jamones y el vino, si no es mala comparación, tiempo que le dé sabor, aroma, mérito y prestigio. Los caballeros antiguos no miraban con buenos ojos al novel caballero. Por esta causa, el ricacho labrador medinés don Francisco Picazo, cuya ejecutoria obtenida en la Chancillería de Granada se remontaba a seis años de fecha, era tenido en el más soberano desprecio por los antiguos y linajudos hidalgos que ostentaban noblesse bourgeoise desde el tiempo de sus abuelos. No hay que decir que el Tío Frasquito Picazo, como en el pueblo le llamaban, era listo, vividor e inteligente en sus negocios. Si algún envidioso lo calificaba de bruto, animal o pechero, él decía para su capote la idea que encierran los modernos versos de

No me ocurre el pensamiento
De tenerme por borrico,
Que quien supo hacerse rico
Tiene sobrado talento.(1)

Y como ciertamente su caletre era mayor que el de sus convecinos, y conocía la utilidad de ser amigo del corregidor, resultaba que las cosas rodaban siempre de modo que el Tío Frasquito, ya por lo afable de su carácter, ya por los regalos de pollos, pavos, frutas, dulces, jamones y garbanzos, o de buenos doblones de oro, siempre se hallaba bien relacionado con el árbitro de la justicia, y por consecuencia sus ganados disfrutaban las mejores dehesas, le asistía la razón en todos sus pleitos, y dispensaba por su influencia cierta clase de pequeños favores. En fin, el Tío Frasquito era un cacique con muchísima gramática parda, sabiendo como nadie arrimar el ascua a su sardina y donde le apretaba el zapato. Sin haber leído al bachiller Francisco de la Torre, conocía de sobra que

Porque en la tela del juicio
Venga el corte a tu medida,
Más vale un dedo de juez
Que una vara de justicia.(2)

Doña María Picazo, hija única del Tío Frasquito, era el tipo vulgar de una buena moza andaluza. Morena, gruesa, fresca, rebosando salud y con ojos y cabellos negros como el azabache, realzaba su hermosura con buenas saboyanas(3) y ropas colchadas de tafetán leonado, o vistosos corpiños y basquiñas(4) de seda con pasamanería de oro. Aun cuando, según la ejecutoria, no tenía sangre de moros ni de judíos, nadie hubiera podido representar como ella, en cualquier teatro del mundo, el papel de robusta esclava comprada en Berbería. La voz, la pronunciación, los movimientos, todo respiraba en ella, más que sangre goda de color azul, sangre árabe de la más colorada y plebeya. Pero como tales circunstancias concurrían en muchas damas andaluzas, claro es que pasaban inadvertidas para un público en el cual debían existir muy pocos aficionados a los estudios antropológicos. La educación de doña María era muy limitada. Sabía leer letras de molde y hacer de memoria cuentas de cantidades que no pasasen de tres guarismos. En cuanto a escribir, el Tío Frasquito opinaba que era, no solamente inútil sino hasta perjudicial en las mujeres, y por lo tanto su hija no era capaz de trazar un palote. En cambio, podía recibirse de doctora en materias de rueca, aguja y cocina, y en cuanto tocaba al orden, concierto y economía de la casa.

Con toda su riqueza, su mérito y su virtud, era difícil que doña María lograse un buen novio. Para los hidalgos era demasiado baja, y para los pecheros demasiado alta semejante dama.

(Continuará)
Joven dama con mantilla y basquiña, Francisco de Goya (h. 1800-1805), National Gallery of Art (Washington)
(1) Estos versos están puestos en boca de don Fabricio en la escena III de la comedia en un solo acto de Manuel Bretón de los Herreros Mi secretario y yo, estrenada en 1841.
(2) Los versos aparecen atribuidos al poeta tortosano Francisco de la Torre y Sevil (1625-1681) en el Museo epigramático o colección de los más festivos epigramas y otras composiciones análogas escogidos de nuestros poetas antiuos y modernos, editado por Amancio Peratoner, seudónimo de Gerardo Blanco (Barcelona, Librería Popular, 1864).
(3) Especie de basquiña abierta por delante.
(4) Falda usada por las damas españolas entre los siglos XVI y XIX. Solía ser de color negro y  emplearse en ceremonias solemnes.

miércoles, octubre 17, 2012

Thebussem (XXIV)


El Rosario de la Aurora, José García Ramos, Museo de Bellas Artes de Cádiz

Cómo se acabó en Medina el Rosario de la Aurora,
por el Doctor Thebussem (I)

Presentamos a continuación una edición brevemente anotada del conocido escrito de Mariano Pardo de Figueroa sobre unos sucesos que, pretendidamente, ocurrieron en Medina Sidonia en octubre de 1639 y que pudieron dar lugar a la frase proverbial que en Andalucía se emplea cuando algún acontecimiento termina de manera inesperadamente alborotada y no sin pendencia. No es ahora momento de ofrecer una investigación rematada sobre tales hechos, ni siquiera de determinar si fueron éstos, u otros acontecidos en rosarios matutinos de Sevilla o de la población gaditana de Espera, ya por rivalidades de cofrades ya por reyertas con gente noctámbula, los que dieron lugar a la célebre frase. Sólo pretendemos poner al alcance del público asidonense más joven, y de los interesados en una literatura a la que a veces resulta difícil acceder, un relato lleno de gracejo y erudición, notas que siempre caracterizaron a nuestro querido Doctor. Tomamos como punto de partida el texto publicado en 1890 en la revista barcelonesa La Ilustración Hispano-americana, dirigida por Luis Tasso Serra, luego reeditado por el propio autor, con ligeras variantes, en su libro Un triste capeo (Madrid, Rivadeneyra, 1892).(1)

Cabecera de la reedición en Un triste capeo

Y terminó, gran señora,
esta cena peregrina,
como se acabó en Medina
el Rosario de la Aurora

                           Gerardo de la Cruz


Hace tiempo que deseaba averiguar las verdaderas causas del desastroso final que, según la tradición, tuvo en Medina Sidonia el Rosario de la Aurora. El motivo, los antecedentes y las razones que originaron el trágico suceso debían hallarse en algún archivo secreto: como el tema no era prehistórico, dicha se está la gran dificultad de su resolución.

Uno de aquellos catarriberas que tan saladamente nos pintó el doctor Eugenio de Salazar(2) parece que fue el causante y origen del célebre acontecimiento medinés. Era natural que las pobres gentes que tantas amarguras y tormentos pasaban para alcanzar la vara de corregidor tratasen de borrar sus antiguas penas cuando llegaban a la ínsula de que eran, no reyezuelos, sino emperadores y autócratas hechos y derechos. Si hoy mismo, con tanta libertad, tanta garantía, tanto derecho, tanto periódico, tanta constitución y tanto lazo entre gobernantes y gobernados por medio de la turbamulta de procuradores en Cortes, algunos golillas de los pueblos suelen amoldar los pleitos civiles y criminales más bien a sus propios afectos que a los afectos de la justicia y de la ley, ¿qué pasaría en el siglo XVII, en que no se contaba ni aun con el triste derecho de quejarse en letras de molde? Pasaban tales escenas que para ser completamente feliz se necesitaban tres mil ducados de renta y ser amigo del corregidor.

Misteriosas eran las utilidades y provechos de los corregimientos, pero se calcula su importancia por la respuesta del que, apremiado por un majadero para que le confesase cuánto producía la vara cada año, contestó: “Sepa usted que la vara, bien manejada, da todo cuanto se quiera que dé”. Esta habilidad del manejo se reducía a salir airoso del juicio de residencia,(3) y claro es que ni en la historia de los corregidores de antaño ni hogaño se registra la de ninguno tan bruto que por medio de escritura pública hubiese dicho que recibió cien ducados de Fulano por fallarle a su favor, y contra toda justicia, el pleito que sostenía con Mengano.

Allá por estos tiempos y año 1639, vino de corregidor a Medina Sidonia el licenciado Hernando Osorio de Cabrera.(4) Era un mozo alto, gordo, rubio, de mucho coramvobis(5) y de pocas y sentenciosas palabras. Según costumbre, recibía pero no pagaba las visitas de los hidalgos y gente principal; y según costumbre también, le acompañaban siempre dos alguaciles: uno delante, descubierto, que avisaba la llegada del corregidor para que el público lo saludase, y otro detrás, sirviéndole de paje o de lacayo.

Osorio de Cabrera trataba de probar de un modo indirecto que era una persona de campanillas. Hablaba con frecuencia de sus tierras y viñedos de Castilla, de su amistad y parentesco con su señor primo el noveno duque de Medina Sidonia, don Gaspar Alonso Pérez de Guzmán el Bueno, y hasta vociferaba el sacrificio que hacía en obsequio de tan ilustre deudo con haber venido a servir el corregimiento de Medina. Como todas estas cosas eran fáciles de creer y casi imposibles de averiguar, juzgó el pueblo que se hallaba en su seno un príncipe opulento disfrazado de golilla, que había tenido el antojo de venir a disfrutar el apacible clima de Andalucía; y aun cuando opinaban algunos que servir el corregimiento de un pueblo demostraba no tener mil ducados en otra parte, nadie escuchó ni dio crédito a los alambicados juicios de tales incrédulos y maldicientes.

(Continuará)

(1) En la segunda edición, el relato aparece dedicado a Francisco María Montero, el autor de la Historia de Gibraltar y su campo (1860). Probablemente la redondilla que encabeza la primera edición sea de la pluma del propio Thebussem.
(2) Se refiere a la Carta de los catarriberas del magistrado y poeta Eugenio de Salazar (Madrid, 1530 - Valladolid, 1602), dedicada a Juan Hurtado de Mendoza, en la que se describe ingeniosa y jocosamente la vida en la corte toledana a la llegada de Felipe II, en la que muchos incapaces rivalizaban por encontrar oficio. 
(3) El juicio de residencia era un procedimiento judicial por el que el funcionario público, al acabar el desempeño de su cargo, rendía cuenta de sus actuaciones una vez oídos los cargos que hubiese en su contra. No le estaba permitido abandonar el lugar en que había ejercido hasta quedar concluido el proceso.
(4) Durante el Antiguo Régimen los corregidores de Medina fueron nombrados por los duques de Medina Sidonia, residentes en Sanlúcar de Barrameda. Entre las funciones del corregidor se encontraban velar por el desarrollo económico del municipio y por su correcta administración, presidir el ayuntamiento y validar sus decisiones, ser juez de primera instancia... Fernando Osorio de Cabrera fue corregidor de Medina Sidonia entre 1638 y 1639.
(5) La expresión latina coram vobis ("ante vosotros") fue empleada, uniendo sus dos miembros en un solo vocablo, por los autores del Siglo de Oro con el sentido de "presencia grave y autorizada de una persona". Irónicamente también hizo referencia al vientre grueso de muchos eclesiásticos (V. J. Herrero Llorente. Diccionario de frases y expresiones latinas).

lunes, octubre 08, 2012

Otoño (II)

Rosas para Leandro, Carmen Laffón (1999)


"Rosa de otoño", de Leopoldo Lugones 
Abandonada al lánguido embeleso
que alarga la otoñal melancolía,
tiembla la última rosa que por eso
es más hermosa, cuanto más tardía.
Tiembla..., un pétalo cae..., y en la leve
imperfección que su belleza trunca,
se malogra algo de íntimo que debe
llegar acaso y que no llega nunca.
La flor, a cada pétalo caído,
como si lo llorara, se doblega
bajo el fatal rigor que no ha debido
llegar jamás, pero que siempre llega.
Y en una blanda lentitud, dichosa
con la honda calma que la tarde vierte,
pasa el deshojamiento de la rosa
por las manos tranquilas de la muerte.

sábado, septiembre 29, 2012

Otoño (I)


Alegoría del otoño, Sandro Botticelli (h. 1480-1485), British Museum
 "El otoño se acerca...", de Ángel González
 
El otoño se acerca con muy poco ruido:
apagadas cigarras, unos grillos apenas,
defienden el reducto
de un verano obstinado en perpetuarse,
cuya suntuosa cola aún brilla hacia el oeste.
Se diría que aquí no pasa nada,
pero un silencio súbito ilumina el prodigio:
ha pasado
un ángel
que se llamaba luz, o fuego, o vida.
Y lo perdimos para siempre.

(Otoños y otras luces, 2001)

sábado, septiembre 15, 2012

Medina Sidonia en la Guerra de la Independencia (XXXIX)

¡Viva la Pepa! (IX y último)

Epílogo


Alfonso y Joaquín. Gente

Lunes 14 de septiembre. Plaza de la Muela. Ambiente de fiesta. Música

Corretean los chiquillos con molinillos alrededor de un vendedor de chucherías. Algunas parejas pasean cogidas del brazo y se saludan. Unos toreros requiebran a unas mozas que se vuelven sonrientes. Un viejo cura con bastón se persigna. Soldados que hablan relajados. Suena un clarín que anuncia el inicio de una corrida de toros, y todos acuden. Aparecen en escena Alfonso y Joaquín.


Joaquín (un poco achispado): ¡Vamos, Alfonso, que ahora empieza lo bueno! ¡Y sin tener que apoquinar!

Alfonso: ¡Calla, “espabilao”, y aprovecha, que esta misma tarde salta el Levante!

Joaquín: ¡No, si aquí no hay fiesta en que no se presente Su Excelencia!

Un grupo de jóvenes: ¡Vamos a la Plaza, que ya empiezan los toros!... ¡Y Viva la Pepa!

Alfonso (ha echado el brazo sobre el hombro de su amigo Joaquín. Se añaden al grupo): ¡Viva la Constitución! ¡Viva la Pepa! (Se añade a ellos el zapatero Nicolás).


FIN

jueves, septiembre 13, 2012

Medina Sidonia en la Guerra de la Independencia (XXXVIII)


La proclamación de la Constitución en Santiago, acuarela de J. Romero (2011)

¡Viva la Pepa! (VIII)

Escena 4



Los mismos


Plaza de Santiago. Francisco Simón ha estado leyendo los títulos VI, VII y VIII de la Constitución y descansa brevemente.

Joaquín: Vaya una “pechá” de hablar que se está dando el señor secretario.

Alfonso: Eso le dará su buen dinerito.

María la Sacristana: Pues no lo creo, que dicen que todo es por voluntad de que mejore el pueblo.

Presbítero: ¿Qué? ¿Habéis entendido cómo queda el Ayuntamiento?

Joaquín: Pues muy requetebién, pater. Que cada año los ciudadanos escogerán varios electores y que éstos elegirán los cargos municipales: los alcaldes, los regidores y los procuradores síndicos. Y que ninguno podrá repetir hasta dos años después, y si se le permite…

Presbítero: Y que el Ayuntamiento nombrará un secretario.

Alfonso: O sea, que el Duque ni pinchará ni cortará en todo el asunto.

Joaquín: Eso. Ya está bien de señores. (Gesticulando) ¡Un peñascazo le daba yo al escudo de la puerta de la iglesia!

Presbítero: Joaquín, sé prudente. Que esto del gobierno da muchos tumbos, como decía Platón.

María la Sacristana: ¡Dios mío! ¿Y quién es ése? ¿No será uno de esos escritores franceses que tanto le gustan a vuesa merced?

Presbítero: ¡Calla, María, que no está el horno para bollos!

Alfonso: ¿Y piensa usted que estos nuevos alcaldes manejarán bien los dineros del pueblo y sabrán encargarse de todo lo que ha dicho ese hombre: policía, escuelas, hospitales, caminos, repartimientos de contribuciones y demás?

Presbítero: ¿Y por qué no? Además estarán bajo la vigilancia de la diputación provincial.

Joaquín: ¿Eso es nuevo, verdad pater?

Presbítero: Pues sí. Cuando se creen definitivamente las provincias, hasta siete personas acompañarán al jefe político y al intendente para aprobar las contribuciones de los pueblos, examinar sus cuentas y vigilar que se cumpla la Constitución en todos ellos.

Alfonso: Lo que ha dicho de los dineros es lo que más me ha gustado. Que las contribuciones se repartirán entre todos los españoles con proporción a sus facultades, sin excepción ni privilegio alguno.

Joaquín: Pues a mí lo de que en todos los pueblos haya escuelas en las que a los niños se enseñe a leer, escribir y contar…

Presbítero (le interrumpe): ¡Y el catecismo de la religión católica!

Don Francisco Simón (toma de nuevo la palabra en el estrado que hay ante la puerta de la iglesia): Título X. De la observancia de la Constitución, y modo de proceder para hacer variaciones en ella. Capítulo único.

María la Sacristana: Ya sigue, que ha cobrado resuello con el vasito de mistela.

Francisco Simón: Todo español tiene derecho de representar a las Cortes o al Rey para reclamar la observancia de la Constitución.

Joaquín: ¡Y cómo se ha venido arriba!

Presbítero: ¡Calla, y déjame oír el final!

Francisco Simón: Entonces, asidonenses, ¿Juráis por Dios y por los Santos Evangelios guardar y hacer guardar la Constitución Política de la Monarquía Española sancionada por las Cortes generales y extraordinarias de la Nación y ser fieles al Rey?

Todos los presentes: Sí, juramos. ¡Vivan las Cortes! ¡Viva la Constitución! ¡Viva la Pepa!

Sombreros al aire. Salva de fusilería.
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