sábado, enero 05, 2013

Un cuento de Reyes

El cortejo de los Reyes Magos, Benozzo Gozzoli (1459-1461), fresco, Palacio Médici-Riccardi (Florencia)
Los Magos*

Emilia Pardo Bazán

En su viaje, guiados día y noche por el rastro de luz de la estrella, los Magos, a fin de descansar, quisieron detenerse al pie de las murallas de Samaria, que se alzaba sobre una colina, entre bosquetes de olivo y setos de cactos espinosos. Pero un instinto indefinible les movió a cambiar de propósito: la ciudad de Samaria era el punto más peligroso en que podían hacer alto. Acababa de reedificarla Herodes sobre las ruinas que habían hacinado los soldados de Alejandro el macedón siglos antes, y la poblaban colonos romanos que hacía poco trocaron la espada corta por el arado y el bieldo; gente toda a devoción del sanguinario tetrarca y dispuesta a sospechar del extranjero, del caminante, cuando no a despojarle de sus alhajas y viáticos.

Siguieron, pues, la ruta, atravesando los campos sembrados de trigo, evitando la doble hilera de erguidas columnas que señalaban la entrada triunfal de la ciudad, y buscando la sombra de los olivos y las higueras, el oasis de algún manantial argentino. Abrasaba el sol y en las inmediaciones de la villita de Betulia la desnudez del paisaje, la blancura de las rocas, quemaban los ojos.

«Ahí no encontraremos sino pozos y cisternas, y yo quisiera beber agua que brotase a mi vista» -murmuró, revolviendo contra el paladar la seca lengua, el anciano Rey Baltasar, que tenía sedientas las pupilas, más aún que las fauces, y se acordaba de los anchos ríos de su amado país del Irán, de la sabana inmensa del Indo, del fresco y misterioso lago de Bactegán, en cuyas sombrosas márgenes triscan las gacelas.

La llanura, uniforme y monótona, se prolongaba hasta perderse de vista; campos de heno, planicies revestidas de espinos y de malas hierbas, es todo lo que ofrecía la perspectiva del horizonte. En el cielo, de un azul de ultramar, las nubes ensangrentadas del poniente devoraban el resplandor de la estrella, haciéndola invisible. Entonces Melchor, el Rey negro, desciende de su montura, y cruzando sobre el pecho los brazos, arrodillándose sin reparo de manchar de polvo su rica túnica de brocado de plata franjeada de esmeraldas y plumas de pavo real, coge un puñado de arena y lo lleva a los labios, implorando así:

-Poder celeste, no des otra bebida a mi boca, pero no me escondas tu luz. ¡Que la estrella brille de nuevo!

Como una lámpara cuando recibe provisión de aceite, la estrella relumbró y chispeó. Al mismo tiempo, los otros dos Magos exhalaron un grito de alegría: era que se avistaban las blancas mansiones y los grupos de palmeras seculares de En-Ganim. En Palestina ver palmeras es ver la fuente.

Gozosa se dirigió la comitiva al oasis, y al descubrir el agua, al escuchar su refrigerante murmullo, todos descendieron de los camellos y dromedarios y se postraron dando gracias, mientras los animales tendían el cuello y el hocico, venteando los húmedos efluvios de la corriente. Así que bebieron, que colmaron los odres, que se lavaron los pies y el rostro, acamparon y durmieron apaciblemente allí, bajo las palmeras, a la claridad de la estrella, que refulgía apacible en lo alto del cielo.




Al alba dispusiéronse a emprender otra vez la jornada en busca del Niño. La mañana era despejada y radiante. Los rebaños de En-Ganim salían al pastoreo, y las innumerables ovejas blancas, moviéndose en la llanura, parecían ejércitos fantásticos. La proximidad de la comarca donde se asienta Jerusalén se conocía en la mayor feracidad del terreno, en la verdura del tupido musgo, en la copia de hierba y florecillas silvestres, que no había conseguido marchitar el invierno.

Baltasar y Gaspar reflexionaban, al ritmo violento del largo zancajear de sus monturas. Pensaban en aquel Niño, Rey de reyes, a quien un decreto de los astros les mandaba reverenciar y adorar y colmar de presentes y de homenajes. En aquel Niño, sin duda alguna, iba a reflorecer el poderío incontrastable de los monarcas de Judá y de Israel, leones en el combate, gobernantes felicísimos en la paz; y la vasta monarquía, con sus recuerdos de gloria, llenaba la mente de los dos Magos. ¡Qué sabiduría, qué infusa ciencia la de Salomón, aquel que había subyugado a todos sus vecinos desde los faraones egipcios hasta los comerciantes emporios de Tiro y Sidón; el que construyó el templo gigante, con sus mares de bronce, sus candelabros de oro, su terrible y velado tabernáculo, sus bosques de columnas de mármol, jaspe y serpentina, sus incrustaciones de corales, sus chapeados de marfil! ¡Qué magnificencia la del que deslumbró con su recibimiento a la reina de Saba, a Balkis la de los aromas, la que traía consigo los tesoros de Oriente y las rarezas venidas de las tres partes del mundo, recogidas sólo para ella y que ella arrojaba, envueltas en paños de púrpura al pie del trono del rey! Cerrando los ojos, Baltasar y Gaspar veían la escena, contemplaban la sarta de perlas desgranándose, los colmillos de elefante ostentando sus complicadas esculturas, los pebeteros humeando y soltando nubes perfumadas, los monillos jugando, los faisanes y pavos reales haciendo la rueda, los citaristas y arpistas tañendo, y Balkis, envuelta en su larga túnica bordada de turquesas y topacios, protegida del sol por los inmersos abanicos de pluma, adelantándose con los brazos abiertos para recibir en ellos a Salomón... No podían dudarlo. El Niño a quien iban a adorar sería con el tiempo otro Salomón, más grande, más fuerte, más opulento, más docto que el antiguo. Sometería a todas las naciones; ceñiría la corona del universo, y bajo su solio, salpicado de diamantes, se postraría la opresora ciudad del Lacio. Sí, la ávida loba romana lamería, domada, los pies de aquel Niño prodigioso...

Mientras rumiaban tales ideas, la estrella desaparecía, extinguiéndose. Encontráronse perdidos, sin guía, en la dilatada llanura. Miraron en torno, y con sorpresa advirtieron que se había separado de ellos Melchor. Una niebla densa y sombría, alzándose de los pantanos y esteros, les había engañado y extraviado, de fijo. Turbados y tristes, probaron a orientarse; pero la costumbre de seguir a la estrella y el desconocimiento completo de aquel país que cruzaban eran insuperables obstáculos para que lograsen su intento. Ocurrióseles buscar una guía, y clamaron en el desierto, porque a nadie veían ni se vislumbraba rastro de habitación humana. Por fin, aparecióse un pastor muy joven, vestido de lana azul, sujeto a la frente el ropaje con un rollo de lino blanco. Y al escuchar que los viajeros iban en busca del Niño Rey, el rústico sonrió alegremente y se ofreció a conducirlos:

-Yo le adoré la noche en que nació -dijo transportado.

-Pues llévanos a su palacio y te recompensaremos.

-¡A su palacio! El Niño está en una cuevecilla donde solemos recoger el ganado cuando hace mal tiempo.

-Qué, ¿no tiene palacio? ¿No tiene guardias?

-Una mula y un buey le calientan con su aliento... -respondió el pastor-. Su Madre y su Padre, el Carpintero Josef de Nazaret, le cuidan y le velan amorosos...

Gaspar y Baltasar trocaron una mirada que descubría confusión, asombro y recelo. El pastor debía de equivocarse; no era posible que tan gran Rey hubiese nacido así, en la miseria, en el abandono. ¿Qué harían? ¿Si pidiesen consejo a Melchor? Pero Melchor, envuelto en la niebla, caminaba con paso firme; la estrella no se había oscurecido para él. Hallábase ya a gran distancia, cuando por fin oyó las voces, los gritos de sus compañeros:

-¡Eh, eh, Melchor! ¡Aguárdanos!

El Mago de negra piel se detuvo y clamó a su vez:

-Estoy aquí, estoy aquí...

Al juntarse por último la caravana, Melchor divisó al pastorcillo y supo las noticias que daba del Niño Rey.

-Este pobre zagal nos engaña o se engaña -exclamó Gaspar enojado-. Dice que nos guiará a un establo ruinoso, y que allí veremos al Hijo de un carpintero de Nazaret. ¿Qué piensas, Melchor? El sapientísimo Baltasar teme que aquí corramos grave peligro, pues no conocemos el terreno, y si nos aventuramos a preguntar infundiremos sospechas, seremos presos y acaso nos recluya Herodes en sus calabozos subterráneos. La estrella ya no brilla y nuestro corazón desmaya.

Melchor guardó silencio. Para él no se había ocultado la estrella ni un segundo. Al contrario, su luz se hacía más fulgente a medida que adelantaban, que se aproximaban al establo. Y en su imaginación, Melchor lo veía: una cueva abierta en la caliza, un pesebre mullido con paja y heno, una mujer joven y celestialmente bella agasajando a un Niño tiernecito, que tiembla de frío; un Niño humilde, rosado, blanco, que bendice, que no llora. Lo singular es que la cueva, en vez de estar oscura, se halla inundada de luz, y que una música inefable apenas perceptible, idealmente delicada y melodiosa resuena en sus ámbitos. La cueva parece que es toda ella claridad y armonía. Melchor oye extasiado; se baña, se sumerge en la deliciosa música y en los resplandores de oro que llenan la caverna y cercan al Niño.

- ¿No oyes, Melchor? Te preguntamos si debemos continuar el viaje... o volvernos a nuestra patria, por no ser encarcelados y oprimidos aquí.

-Y vosotros, ¿no oís la música? -repite Melchor, por cuyas mejillas de ébano resbalan gotas de dulce llanto.

-Nada oímos, nada vemos... -responden los dos Magos, afligidos.

-Orad, y veréis... Orad, y oiréis... Orad, y Dios se revelará a vosotros.

Magos y séquito echan pie a tierra, extienden los tapices, y de pie sobre ellos, vuelta la cara al Oriente, elevan su plegaria. Y la estrella, poco a poco, como una mirada de moribundo que se reanima al aproximarse al lecho un ser querido, va encendiéndose, destellando, hasta iluminar completamente el sendero, que se alarga y penetra en la montaña, en dirección de Belén.

La niebla se disipa; el paisaje es risueño, pastoril, fresco, florido, a pesar de la estación; claros arroyillos surcan la tierra, y resuena, como en mayo, el gorjeo de las aves, que acompaña el tilinteo de la esquila y el cántico de los pastores, recostados bajo los terebintos y los cedros, siempre verdes. Los Magos, terminada su plegaria, emprenden el camino llenos de esperanza y de seguridad. Una cohorte de soldados a caballo se cruza con la caravana: es un destacamento romano, arrogante y belicoso; el sol saca chispas de sus corazas y yelmos; ondean las crines, flotan las banderolas, los cascos de los caballos hieren el suelo con provocativa furia. Los Magos se detienen, temerosos. Pero el destacamento pasa a su lado y no da muestras de notar su presencia. Ni pestañean, ni vuelven la cabeza, ni advierten nada.

-Van ciegos -exclama Melchor.

Y los Magos aprietan el paso, mientras se aleja la cohorte.

* Este cuento apareció publicado por primera vez el 10 de enero e 1898 en la revista La Ilustración Artística (nº 837, p. 26). En la página 29 de ese mismo número aparecía reproducido el dibujo del ilustrador y pintor modernista Josep Triadó i Mayol (Barcelona, 1870-1929) que incorporamos a nuestra entrada. 

miércoles, enero 02, 2013

Thebussem (XXXVI)


Cabecera del escrito en Tercera ración de artículos

Tarjeteo pascual (y III)

Yo trato (y supongo que Vm. también tratará) a gentes que tienen el inocente vicio de pregonar sus conocimientos y amistades con personas de cuenta. Del Duque Tal, asegura uno de estos prójimos que no lo trata, pero que es íntimo amigo de su cuñado Perico Tal; del Marqués de Cual, resulta (aun cuando no lo conoce) hasta pariente, por ser sobrino político de su prima Juanita Ponce; con el Ministro Fulano tiene bonísimas relaciones desde que intimaron hace tres años en un viaje desde Madrid a Aranjuez; con el senador Mengano estuvo dos días en los baños de Carratraca;(1) con el poeta Zutano comió cierta vez en la mesa redonda del Hotel París,(2) etc., etc., etc.

Fundándose en estas relaciones, que pudiéramos llamar de milímetro, entre los centenares de tarjetas que reciben las notabilidades políticas, literarias y aristocráticas, se cuentan las de los pobres diablos a quienes aludo. Claro es que el secretario que abre y despacha semejante correspondencia, contesta en el acto a la cortesía de todos estos Juanes Fernández, los cuales se muestran luego ufanos y vanagloriosos con poner en la tanda de su bandeja de tarjetas las que llevan los nombres de casi todos los DUQUES, CONDES, MARQUESES, POETAS, BANQUEROS, SENADORES y MINISTROS a quienes han felicitado.

Lejos de mi ánimo vituperar semejante conducta. Pero como hay diferentes opiniones y diferentes gustos, yo no mando tarjetas de Pascua a mis amigos, porque ellos saben que siempre se las deseo venturosas y felices. Tampoco se las envío a mis conocidos, porque a ellos debe importarles un bledo que me acuerde o no me acuerde de sus personas. Esto no impide que agradezca y conteste en el acto a cuantas felicitaciones recibo. Para decirlo en pocas palabras, si no soy abad que canta, soy sacristán que responde. El Dominus vobiscum que llegue a mis oídos tiene de seguida su et cum spiritu tuo si recuerdo el domicilio del oficiante, o su requiescat in pace cuando no lo recuerdo.

Y como reconozco que con tal sistema llegaría a extinguirse la costumbre porque nadie tomaría la iniciativa, entiendo que ni los aficionados ni el público deben imitarlo, pues en resumidas cuentas lejos de causar perjuicios, el tarjeteo produce, además de sus ventajas morales, provecho material

A LOS FABRICANTES DE PAPEL Y DE SOBRES,

A LOS LITÓGRAFOS

y A LA RENTA DE CORREOS.

Es cuanto sabe y puede decir a Vm. sobre el tema consultado su amigo y servidor, q. l. b. l. m. y que (por excepción) le felicita en las próximas Pascuas.

El Doctor Thebussem.


Medina Sidonia


(1) El célebre balneario malagueño mandado construir por Fernando VII e inaugurado en 1855, que acogió a gran parte de las personalidades del momento.
(2) Situado en la Puerta del Sol de Madrid, fue el hotel más lujoso de la ciudad. En sus bajos, esquina a la calle Alcalá, estaba el Café de la Montaña. Sobre su azotea se colocó ya en el siglo XX el luminoso que publicitaba la marca de fino jerezano Tío Pepe.

domingo, diciembre 30, 2012

Thebussem (XXXV)



Cabecera del artículo en la antología Futesas literarias
 Tarjeteo pascual (II)

Si he de decir a Vm. la verdad, soy amante de ciertas fórmulas y adornos, aun cuando nada valgan y de nada sirvan en el orden físico ni en el moral. Sentiría que se aboliesen, por ejemplo, los saludos de naipes al comenzar el tresillo, los que preceden y siguen a los asaltos en las salas de esgrima, y los que tan lógicamente practican los franceses y otras naciones al entrar en un café. Me causaría extrañeza ver suprimida la h muda en la palabra “ombre”, los inútiles flecos de las toallas y los botones sin ojales que adornan el talle de los fraques y levitas. Y si quiere Vm. una prueba plena de la gran importancia que tienen las cosas que no sirven para nada, practique Vm. el fácil ensayo que voy a decirle. Las orejas de la liebre ni se aprovechan ni se guisan. Tome usted el par de liebres más hermosas que halle en el mercado, córtele Vm. las orejas y entréguelas al cocinero para que las adobe en delicado “civet”.(1) Pues yo aseguro que, si el maestro se atreve a guisar aquellos bichos, Vm. no se aventura a paladear un “civet” que necesariamente ha de traerle a la memoria la repugnancia y el asco que producen las liebres desorejadas. Aparecen más raras y extrañas que la carta a quien le cercenasen las inútiles palabras “muy señor mío” y “seguro servidor que su mano besa”, que vienen a ser los polos sobre que gira, o el par de orejas que dan finura, belleza, valor y carácter a la misiva.

Término medio entre la ampulosa cortesía de las cartas y la sequedad de la tarjeta contemporánea, es el papel de catorce centímetros de ancho por diez de altura, estampado en hermosa bastardilla con orla tipográfica, que conservo en aprecio y que reza lo siguiente:



Al dorso de este documento hay cuatro renglones manuscritos que dicen:

A mi Señora la Sª. Doña Inés de
Melgarexo, vecina de esta Ciudad
De Sevilla, guarde N. S. muchos años. 

                             Don Luis Federigui.


*****

Aun cuando semejante moda produce comodidad, y mayor todavía si el plazo se alarga por diez o doce años o por toda la vida del remitente, dificulto que hoy pueda renacer. La tarjeta, aunque menos expresiva, es más lacónica, y el laconismo es el regulador de las costumbres de nuestros tiempos. Con el poco dinero que valen cien tarjetas, cien sobres y cien sellos de cuarto de céntimo, es decir, por menos de un duro, ¡cuántas satisfacciones alcanzan los aficionados al tarjeteo!

(Continuará)

(1) El "civet" es un guisado que suele prepararse para las carnes de caza (liebre, conejo, faisán, jabalí)  en las cocinas francesa y catalana. El vino, la sangre del animal y la cebolla ("cive" en francés significa "cebollino") juegan un papel fundamental en su elaboración junto con la carne picada y los frutos secos.

jueves, diciembre 27, 2012

Thebussem (XXXIV)



Cabecera del artículo de Thebussem en Blanco y Negro

Tarjeteo pascual (I)

El 29 de diciembre de 1894, en el número especial dedicado a la Navidad por la revista Blanco y Negro (pp. 20-22), aparecía el artículo del Doctor Thebussem "Tarjeteo pascual", en el que se refería, con la amenidad que le caracteriza, a los orígenes y evolución de la costumbre de enviar tarjetas con felicitaciones de Navidad. Encargo personal de Torcuato Luca de Tena, fundador de la revista en 1891 y de ABC en 1903, fue reproducido años más tarde por el propio Thebussem en su Tercera ración de artículos (Madrid, Rivadeneyra, 1898, pp. 401-406); cerrando la antología de escritos "thebussianos" que publicó la Colección Elzevir (Barcelona, Juan Gili, 1899, pp. 193-201);  y en El Álbum Ibero-americano, en su número 48 de 30 de diciembre de 1909 (pp. 567-568). La edición anotada que presentamos tiene como base la de 1898. 

Tarjeteo pascual

(1894)

A don Torcuato Luca de Tena


Mi amigo y dueño:

No podré, por falta de conocimientos en la materia, contestar con amplitud a las preguntas que Vm. me hace sobre Felicitaciones de Pascuas. Creo, sin embargo, que el practicarlas con tarjetas debe ser costumbre moderna, puesto que, aun cuando el uso de estas cartulinas nació en el siglo XVIII, su abuso no comenzó hasta mediados del presente y venturoso decimonono.(1)

Durante los XVII y XVIII, las felicitaciones pascuales se verificaban en cartas misivas. Allá van este par de muestras de los más acreditados formularios:(2)



Señor mío: A los motivos de mi obligación, que mantienen mi reconocimiento, se aumenta el de la celebridad de estas Pasquas. Deseo las logre Vmd. con felicidad suma, esperando admitirá esta expresión de cariño y que la remunerará con largueza empleando mi inutilidad en su servicio, para conseguir de este modo executoria de la buena ley que le profeso. Dios guarde a Vmd. por dilatados años, como deseo, Toledo y diciembre a 15 de 1696.

B.L.M. de Vmd.
Su más cierto y seguro servidor,
FULANO.

(RESPUESTA)



Señor mío: Con el favor que Vmd. me hace, me aseguro las próximas Pascuas alborozadísimas; y si Vmd. las pasa como se las deseo, no le faltará circunstancia de felicidad, y más si Vmd. diere motivo a mi obediencia de manifestarse oficiosa en su obsequio. Dios, &.

Reproducción de la respuesta anterior en Blanco y Negro
******


Muy señor mío: Todo lo que es desear a Vmd. felicidades, será solicitarme dichas en cualquier
tiempo, y más en el de las cercanas Pasquas. Suplico a Vmd. admita de mi buena ley el anuncio de ellas, asegurándole que, si se conforman con mi voluntad, ni a Vmd. le quedará qué pedir ni a mí qué interceder con la Majestad Divina, que guarde a Vmd. por muchos años. Madrid y diciembre a 18 de 1720.


B.L.M. de Vmd.
Su más cierto y seguro servidor,
MENGANO.

(RESPUESTA)


Muy señor mío: Antepuesta a mi obligación la fineza con que Vmd. se ha dignado favorecerme, afianzo en ella el más feliz logro de estas Pasquas. Espero gozarlas con notable exceso de dichosas, si experimentándolas Vmd. como se las deseo, le merece mi rendimiento en repetidos preceptos el gusto de servirle. Dios, &.

*****

La sequedad de la finura moderna debe ser la causa de que nos parezcan melosas y empalagosas las cartas anteriores, que en épocas pasadas debieron considerarse modelos de buen gusto según la repetición y abundancia con que se hallan en los antiguos epistolarios.

(Continuará)

(1) Las primeras tarjetas de Navidad comerciales fueron patrocinadas por Sir Henry Cole en Londres (1843), y ofrecían una ilustración de Juan Callcott Horsley: la estampa de una familia que bebía vino junto con un niño pequeño, no exenta de polémica.




Las primeras tarjetas inglesas raramente mostraron imágenes del invierno o de temas religiosos, prefiriendo  en su lugar las flores, las hadas y otros diseños imaginarios que recordaran al receptor el acercamiento de la primavera.
(2) En la edición de Blanco y Negro sólo aparecen la primera misiva y su respuesta, que se introducen de la siguiente manera: "En esta página van como muestra dos de ellas, reproducidas directamente del original".  En la reproducción de la primera carta leemos claramente el nombre del remitente, don Cristóbal Parra, y el del destinatario, que se encuentra en Madrid, don Baltasar Hidalgo. Ambos apellidos están ligados a la historia de Medina Sidonia de aquellos tiempos.
La ilustración que encabezaba el artículo fue realizada por el pintor y cartelista Fernando Alberti y Barceló (Madrid, 1870-1950), asiduo colaborador de la revista. Alberti comenzó su formación en la Academia de Bellas Artes de San Fernando y fue Catedrático de la Escuela de Artes Industriales de Madrid. Participó en las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes y obtuvo una mención honorífica en la de 1892, terceras medallas en 1904 y 1908, segunda medalla en 1912 por el lienzo titulado El enjambre (verbena), y condecoración en la edición de 1920. http://www.museodelprado.es/enciclopedia

lunes, diciembre 24, 2012

Feliz Navidad

Con mis deseos
 de

 salud, paz y prosperidad

 a los seguidores
 y
 visitantes de este blog


La adoración de los pastores, El Greco (1612-1614), Museo del Prado

El nacimiento de Cristo y la adoración de los pastores en versos de Juvenco

     Urbs est Iudaeae, Bethlem, Davida canorum
Quae genuit, generis quae censum iure petebat.
Edidit hic Mariam Davidis origine Ioseph
Desponsamque sibi scribens gravidamque professus.
Hospitio amborum Bethlem sub moenibus urbis
Angusti fuerant praeparva habitacula ruris.
Illic virgo novo completa in tempore fetu
Solvitur et puerum veteri cunabula textu
Involvunt duroque datur praesepe cubili.

     Circa sollicitae pecudum custodia noctis
Pastores tenuit vigiles per pascua laeta.
Ecce Dei monitu visus descendere caelo
Nuntius, at subitus terror tremefacta pavore
Prostravit viridi pastorum corpora terrae.
Talis et attonitis caelo vox missa cucurrit:
«Ponite terrorem mentis, mea sumite dicta,
Pastores, quibus haec ingentia gaudia porto.
Nam genitus puer est Davidis origine clara,
Qui populis lucem mox laetitiamque propaget.
Hoc signum dicam, puerum quod cernere vobis
Iam licet implentem gracili praesepia voce.»
Talia dicenti iunguntur milia plebis
Caelestis cunctique Deum laudantque rogantque,
Talis et uniti vox agminis aera complet:
«Gloria supremum comitetur debita patrem,
In terris iustos homines pax digna sequatur.»
Et simul his dictis caeli secreta revisunt.

     Pastores propere veniunt puerumque iacentem
Praesepis gremio cernunt; post inde frequentes
Dispergunt late celeris vaga semina famae.
Mirantes laudant, laetantes constipuerunt;
Omnia nocturnis monitis quod vera recurrant.

Iuvencus, Libri evangelicorum quattuor I, 149-180


     Una ciudad hay en Judea, Belén, que al canoro David
Engendró, que por ley reclamaba el censo de los en ella nacidos.
Aquí José, de la estirpe de David, declaró a María,
Inscribiéndola como su esposa y manifestando su preñez.
De albergue de ambos, al pie de las murallas de la ciudad de Belén,
Había servido un pequeñísimo refugio de su estrecho campo.
Allí la Virgen, habiendo cumplido su tiempo, de su prole singular
Se libera, y una cuna con trapos viejos al Niño
Envuelve, y un pesebre le dan como duro lecho.

     Alrededor, en la inquietante noche, la guarda de sus ganados
Mantuvo vigilantes a los pastores en los fértiles pastos.
He aquí que por orden de Dios fue visto descender del cielo
Un mensajero suyo; y un terror súbito, temblando de miedo,
Postró los cuerpos de los pastores en el verdor del suelo.
Y hasta ellos, asombrados, se deslizó enviada desde el cielo una voz tal:
“Alejad el miedo de vuestra mente, haceos cargo de mis palabras,
Con las que traigo esta inmensa satisfacción, pastores.
Pues ha nacido un Niño de la preclara estirpe de David
Que a los pueblos transmitirá pronto luz y alegría.
Esta señal os indicaré: que ya podéis ver al Niño
Llenando un pesebre con su delicada voz”.
Al que dice tales cosas se le unen miles de habitantes
Del cielo, y todos alaban y ruegan a Dios.
Y estas palabras de la tropa reunida llenan los cielos:
“La gloria debida acompañe al Padre Supremo,
En la tierra una merecida paz siga a los hombres justos”.
Y al tiempo de hablar vuelven a sus apartadas moradas celestiales.

     Los pastores llegan rápidamente y al Niño que yace
Al abrigo del pesebre reconocen. Después, desde allí muchos
Difunden por doquiera las semillas andariegas de una noticia que vuela.
Con admiración lo elogian, con alegría quedaron estupefactos.
Porque toda la verdad remite a las predicciones de la noche.

miércoles, diciembre 19, 2012

El lamento de Ariadna (XII)


El "Lamento de Ariadna" de Claudio Monteverdi

El compositor e intérprete Claudio Monteverdi (Cremona, 1567-Venecia, 1643), figura trascendental en la transición de la música renacentista a la barroca, compuso en 1607, el mismo año del fallecimiento de su esposa Claudia Cattaneo, su ópera Orfeo, favola in musica, una de las primeras de la historia. Un año después, un nuevo asunto mitológico le servía de inspiración para su segunda gran obra: L´Arianna.  De esta ópera, encargada por el duque Vicenzo Gonzaga con ocasión de las nupcias de su hijo Francesco con Margarita de Saboya y estrenada en Mantua el 28 de mayo de 1608, conservamos el libreto del poeta Ottavio Rinuccini (1562-1621) pero sólo la partitura del aria que interpreta Ariadna en el único acto de la escena séptima, el conocido como "Lamento de Ariadna" o "Lasciatemi morire", por las primeras palabras del triste canto.

Inspirada evidentemente en los textos de Ovidio y Catulo que ya hemos comentado en entradas anteriores, el aria refleja la desesperación de Ariadna tras ser abandonada en Naxos y supone la incorporación de la monodia a la ópera. La música se conservó gracias a que Monteverdi reeditó el "Lamento" en 1623 como pieza suelta y a que sobre el mismo tema escribió dos arreglos: un madrigal a cinco voces publicado en su Sexto libro de madrigales (1614) y una composición con texto en latín titulada "Pianto della Madonna", publicado en su colección Selva morale e spirituale (1641).

La pieza se ha incorporado a los repertorios de las más brillantes mezzo-sopranos y sopranos. Ofrecemos aquí la versión de Roberta Mameli, acompañada al "chitarrone" por Takashi Tsunoda (subida a youtube por MargueriteCrayencour), y la más reducida pero histórica de Irina Arkhipova (subida por RossiaAngel).

Lasciatemi morire;
e che volete voi che mi conforte
in così dura sorte,
in così gran martire?
Lasciatemi morire.

O Teseo, o Teseo mio,
sì che mio ti vo’ dir, che mio pur sei,
benchè t’involi, ahi crudo, a gli occhi miei.
Volgiti, Teseo mio,
volgiti, Teseo, o Dio.
Volgiti indietro a rimirar colei
che lasciato ha per te la patria e il regno,
in questa arena ancora,
cibo di fere dispietate e crude,
lascierà l’ossa ignude.
O Teseo, o Teseo mio,
Se tu sapessi, o Dio,
se tu sapessi, ohimè, come s’affanna
la povera Arianna,
forse, pentito,
rivolgeresti ancor la prora al lito.
Ma con l’aure serene
tu te ne vai felice et io qui piango;
a te prepara Atene
liete pompe superbe, et io rimango
cibo di fera in solitarie arene;
te l’uno e l’altro tuo vecchio parente
stringerà lieto, et io
più non vedrovvi, o madre, o padre mio.

Dove, dove è la fede
che tanto mi giuravi?
Così nell’alta sede
tu mi ripon de gli avi?
Son queste le corone
onde m’adorni il crine?
Questi gli scettri sono,
queste le gemme e gli ori:
lasciarmi in abbandono
a fera che mi stracci e mi divori!
Ah Teseo, ah Teseo mio,
lascerai tu morire,
in van piangendo, in van gridando aita,
la misera Arianna
che a te fidossi e ti diè gloria e vita?

Ahi, che non pur risponde.
Ahi che più d’aspe è sordo a miei lamenti!
O nembi, o turbi, o venti,
sommergetelo voi dentr’a quell’onde.
Correte, orchi e balene,
e delle membra immonde
empiete le voragini profonde!
Che parlo, ahi, che vaneggio?
Misera, ohimè, che chieggio?
O Teseo, o Teseo mio,
non son, non son quell’io,
non son quell’io che i feri detti sciolse:
parlò l’affanno mio, parlo il dolore;
parlò la lingua sì, ma non già il core.
Misera, ancor dò loco
a la tradita speme, e non si spegne
fra tanto scherno ancor d’Amor il foco?
Spegni tu morte omai le fiamme indegne!
O Madre, o Padre, o de l’antico Regno
superbi alberghi, ov’hebbi d’or la cuna,
o servi, o fidi amici (ahi fato indegno)
mirate ove m’ha scorto empia fortuna,
mirate di che duol m’ha fatto erede
l’amor mio, la mia fede, e l’altrui inganno.
Così va chi tropp’ama e troppo crede.




(Traducción)

¡Ay! Dejadme morir,
¿Qué puede confortarme
Ante esta dura suerte,
En este gran martirio?
¡Ay! Dejadme morir.

¡Oh Teseo, oh Teseo mío!
Te quiero llamar mío, puesto que mío eres,
¡Oh Teseo, oh Teseo mío!
Te quiero llamar mío, puesto que mío eres,
Aunque esquives, oh cruel, los ojos míos.
Retorna, Teseo mío,
Retorna, amado ídolo,
Vuelve a mirar a aquella
Que por ti abandonó su patria y reino,
Y en esta playa ahora
Presa de fieras despiadadas y crueles,
Sus huesos dejará.
¡Teseo, oh Teseo mío!,
Por Dios, si tú supieses,
Si supieras ¡ay de mí! cuánto padece
La desdichada Ariadna,
Quizá, quizá contrito,
Enfilarías tu proa hacia esta orilla.
Mas con la dulce brisa
Tú partes tan contento, mientras lloro.
Atenas te prepara
Una suntuosa fiesta, yo aquí me quedo
Víctima solitaria de las fieras.
Tus viejos padres, uno y otra,
Te abrazarán felices. Yo en cambio
Nunca más os veré, ¡oh madre, oh padre mío!

¿Dónde, en dónde está la fe
Que tanto me juraste?
¿Es así como al trono
Pretendes que yo ascienda?
¿Son éstas las coronas
Que han de ceñir mis sienes?
¿Acaso éstos los cetros,
Las alhajas y el oro?
¿Dejarme abandonada
Entre bestias feroces?
¡Ah Teseo, ah Teseo mío!,
¿Dejarás tú que muera
Llorando en vano y suplicando ayuda
La miserable Ariadna,
Que en ti confiaba, y te dio vida y gloria?

¡Ay! No quiere responderme.
¡Ay!¡Como el áspid es sordo a mis lamentos!
¡Oh nubes, trombas, vientos,
Sumergidlo en las olas!
¡Venid, ballenas y orcas,
Que sus miembros inmundos
Colmen los abismos profundos!
¿Qué digo? ¡Ay! Yo deliro.
¡Oh miserable!, ¿qué pedía?
¡Oh Teseo, oh Teseo mío!,
No era, no era yo quien
tan duras cosas dijo;
Habló mi afán, habló el dolor,
Habló la lengua, no lo hizo el corazón.
Mísera, sigo dando lugar
A la esperanza traicionada, y no se apaga
A pesar de tanto escarnio el fuego de Amor.
¡Apaga, tú, muerte, las llamas indignas!
¡Oh Madre, oh Padre, oh del antiguo Reino
Las soberbias moradas, donde tuve cuna de oro,
Oh sirvientes, oh fieles amigos (ay, destino indigno),
Mirad dónde me llevó la cruel fortuna,
Mirad qué dolor heredé del amor mío,
De mi fidelidad y de aquel que me ha engañado!
Así vive quien en demasía ama y se fía.


La traducción del "Lamento" es de Alberto de Brigard y ha sido tomada de la web "Biblioteca Virtual. Biblioteca Luis Ángel Arango", http://www.banrepcultural.org. El libreto de la ópera L´Arianna puede leerse en http://www.librettidopera.it/arianmv/arianmv.html.

jueves, diciembre 13, 2012

El lamento de Ariadna (XI)



Paisaje con Ariadna abandonada, Carlo Saraceni (1606-1607), Museo de Capodimonte (Nápoles)

La imagen de Ariadna abandonada fue también fuente de inspiración para los artistas barrocos, aunque resulta todavía más frecuente la representación de su encuentro con Dioniso-Baco o las nupcias subsiguientes.

De la primera fase de la producción del veneciano Carlo Saraceni, aún no influenciada por Caravaggio, destacan seis pequeños paisajes al óleo pintados sobre cobre, realizados en los primeros decenios del Seiscientos durante su estancia en Roma, que incluyen escenas mitológicas inspiradas en Las metamorfosis de Ovidio. Entre ellos se cuenta el Paisaje con Ariadna abandonada (40 x 52,5 cm), donde la impronta veneciana se refleja en la predilección por el elemento natural mientras las densas masas boscosas y los efectos atmosféricos y lumínicos remiten a la estética del paisajista alemán residente en Roma Adam Elsheimer.  Ariadna, semidesnuda, acaba de abandonar el lecho entre unas rocas y se queja con desesperados aspavientos ante la visión del barco de Teseo, que ya se aleja. La playa solitaria recibe la luz del amanecer. Pudimos contemplar la obra recientemente en el Museo del Prado ya que formaba parte de la exposición Roma. Naturaleza e Ideal (Paisajes 1600-1650).

Ariadna abandonada, Agostino Tassi (h. 1632), Galería de los Uffizi (Florencia)

En la misma exposición figuró el dibujo de Agostino Tassi que ahora reproducimos  (25,7 x 20,2 cm), ejecutado a lápiz y tinta parda a pluma.  El anacrónico buque, que más parece varado que fondeado en la costa, y el juego de los distintos planos recuerdan las ilustraciones renacentistas que ya ofrecimos en entradas anteriores, aunque aquí Ariadna aparece vestida a la usanza griega y no a la moda de la época.

Tassi Buonamici (Perugia, 1566 – Roma, 1644), paisajista tardomanierista influenciado al inicio de su carrera por el arte nórdico y luego por el clasicismo de Domenichino, contó entre sus discípulos a Claudio de Lorena y fue un consumado especialista en trampantojos, interviniendo en la decoración de varios palacios de Roma y sus alrededores (Casino Ludovisi, Palacio del Quirinal, Palacio Pamphili...). Muy controvertida es su relación con la pintora Artemisia Gentileschi, a quien violó en 1612. Orazio Gentileschi, compañero de Tassi, le había confiado a su hija para su aprendizaje dado que las mujeres no tenían acceso a las academias de Bellas Artes; Tassi la forzó y le prometió matrimonio, aun estando él casado. El tribunal papal sentenció que Tassi incluso había intentado asesinar a su propia esposa, cometido incesto con su cuñada e intentado robar algunas pinturas de Orazio; y le condenó a un año de prisión y exilio de los Estados Pontificios.
 
Teseo abandonando a Ariadna, Nicolas Poussin (1627-30), Galería de los Uffizi (Florencia)
 También en el Gabinete de Estampas de la Galería de los Uffizi se guarda el dibujo a tinta sepia aguada y pluma de Nicolas Poussin que refleja el momento en que Teseo deja en el lecho a su amada (14,3 x 19,4 cm). Forma parte de una serie de dibujos de tema mitológico realizados entre 1627 y 1630, y deja entrever en algunos detalles, como la disposición de los  cuerpos desnudos o la aparición de la quilla del barco en un lateral de la escena (con el remo dispuesto para la inminente boga), un profundo conocimiento de los modelos clásicos. La luz del alba empieza a penetrar en la cueva que ha servido de lecho a los amantes, pero ahora la antorcha del amor aparece caída, símbolo de que la pasión ha fenecido. Junto a ella, el ovillo de hilo que había servido al héroe para salir del Laberinto. En nada se repara durante la precipitada huida.  

Poussin trató el mito de Ariadna también en sus obras Encuentro de Baco y Ariadna (óleo, Museo del Prado) o Baco y Ariadna (dibujo, British Museum).
Teseo abandona a Ariadna en Naxos, Filippo Napoletano, Galeria Napolinobilissima (Nápoles)

Particularmente delicado es el paisaje con Ariadna abandonada pintado sobre piedra caliza en forma ovalada (33,5 x 60 cm) por Teodoro Filippo de Liagno, más conocido como Filippo Napoletano (h. 1587-1629). La variedad de piedra empleada por el artista es el  "lineato dell'Arno", originaria de las colinas de la Toscana y muy usada en las primeras décadas del siglo XVII como soporte de paisajes con figuras pequeñas, ya que la pintoresca gama de tonos tierra que presenta se prestaba bien a ello, y las líneas largas y onduladas permitían también evocar el oleaje. Filippo empleó esta misma piedra en siete cuadros que donó al Gran Duque de Toscana y hoy se conservan en el Instituto de Estudios Etruscos de Florencia. Ariadna aparece aquí durmiendo dentro de una tienda de campaña  montada sobre un escenario casi desolado, tan sólo animado por  un árbol sin hojas; el paisaje recuerda, como el de Saraceni, la pintura de Elsheimer.  Teseo, con la ropa enrollada bajo el brazo derecho, huye a escondidas hacia la  anacrónica nave que le espera para zarpar.

http://cir.campania.beniculturali.it/museodicapodimonte
Maria Rosaria Nappi, "Filippo de Liano detto Filippo Napoletano, Teseo abbandona Arianna sull’isola di Naxos", http://www.gallerianapolinobilissima.it/
http://www.artehistoria
http://www.museodelprado.es/exposiciones/info/en-el-museo/roma-naturaleza-e-ideal/
wikipedia

domingo, diciembre 09, 2012

Ermita de los Santos Mártires


Atardecer en el Prado de los Santos el día de la Inmaculada (Medina Sidonia)


miércoles, diciembre 05, 2012

Thebussem (XXXIII)


Cabecera del número de La Ilustración en que se publicó por vez primera el escrito de Thebussem

Cómo se acabó en Medina el Rosario de la Aurora,
por el Doctor Thebussem (X)

He aquí cuanto he podido indagar relacionado con el asunto de que me ocupo. Han desaparecido las personas, las instituciones y los mármoles que con él se relacionaban, sin dejar reliquia ni memoria. Queda solamente lo más fugitivo, ligero e impalpable, o sea las diez palabras de la frase proverbial


SE ACABÓ COMO EN MEDINA
EL ROSARIO DE LA AURORA,


aplicada a los acontecimientos que finalizan de una manera escandalosa, alborotada o funesta.

¡Errores de la humanidad! ¡Juicios tan absurdos como el de la mona, que declaró amarga la nuez, fundándose en el sabor de la corteza!(1) La luz de la historia nos muestra que las verdaderas y legítimas consecuencias del Rosario de la Aurora fueron de júbilo, satisfacción y ventura, y la relumbrante antorcha de la filosofía nos dice, por boca del gran Sancho Panza, “que en este valle de lágrimas, en este mal mundo que tenemos, apenas se halla cosa que esté sin mezcla de MALDAD, EMBUSTE Y BELLAQUERÍA”.(2)


EL DOCTOR THEBUSSEM(3)

(1) Así se cuenta en "La mona", fábula de Félix María de Samaniego.
Subió una mona a un nogal,
y cogiendo una nuez verde,
en la cáscara la muerde;
conque le supo muy mal.
Arrojola el animal,
y se quedó sin comer.
Así suele suceder
a quien su empresa abandona
porque halla, como la mona,
al principio qué vencer.
(2) Don Quijote de la Mancha, Parte II, capítulo 11.
(3) En Un triste capeo el artículo aparece firmado en "Londres, 10 de diciembre de 1883 años", típico embuste del autor.
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