viernes, junio 01, 2012

Thebussem (XVIII)

EL GLOTÓN
"El glotón", La Ilustración Ibérica (1884)
"Disconformes"

Vista la respuesta de ALDHARA al artículo “Con dos dedos” de Thebussem, un punto exaltada si cabe, don Óscar Rochelt, que era quien había realizado la consulta sobre el modo de comer las aceitunas en la mesa, decidió terciar remitiendo a Blanco y Negro su escrito “Disconformes”, de tono conciliador aunque inclinado a apoyar las propuestas del gastrónomo asidonense. Se publicó el 21 de febrero de 1892.

Vistos los escritos del Dr. Thebussem y de Aldhara,

Considerando que ninguno de dichos señores ha tenido ánimo de predicar, sentenciar ni discutir;

Considerando que la calle es de todos;

Sin ánimo de discutir, sentenciar ni predicar, y como mejor proceda,

Comparezco en el pleito de las aceitunas a echar mi cuarto a dedos. A dedos, sí; que a espadas, cuchillos o tenedores no pondría un ochavo.

Soy de opinión de que lo sencillo y lo natural es lo más elegante, siempre, por supuesto que, procediendo natural y sencillamente, no dejemos a los demás descontentos de nosotros.

Enmendar la plana a la Naturaleza es muy grave, y puesto que tan sabia madre nos dio unas manos admirables, sirvámonos de las manos siempre que podamos hacerlo sin escándalo ni porquería.

Usar con acierto cuchillo, tenedor y cuchara no es enmendar a la Naturaleza: es ayudarla.

Con dificultad se podrá comer una chuleta mejor ni más pronto que con un tenedor y un cuchillo bien afilado; pero interponer un tenedor entre los dedos y las olivas enteras que se sirven como entremés, téngolo por inconveniencia; porque no teniendo el fruto ni su adobo nada que empuerque los dedos, el tenedor, de instrumento, se convierte en embeleco. Si la aceituna es de pulpa dura, corremos el riesgo de que salga disparada y vaya a parar adonde nos pese haberla echado; y si es de blanda, se expone uno a alancearla un buen rato, y al fin tener que tomarla con los dedos, o dejarla: lección y derrota lo primero; y vergüenza, lo segundo.

Además, creo que quien deja de servirse a tiempo de los dedos, semiconfiesa que no los tiene muy limpios.

La dama de quien habla Aldhara tendrá, sin duda, los dedos limpios y hasta pulquérrimos, razón de más para servirse de ellos; y si los tiene perfumados, otra razón de más para que sin andarse en remilgos tome las aceitunas con los dedos y dé gracias a la señora de la casa por la coyuntura que le ofrece para comer con los dedos aliñados a la aceituna, en vez de a la crema, brisa o céfiro, a que en mal hora se le ocurrió aliñárselos en el tocador antes de sentarse a la mesa. ¡Harto trabajo es ganar el pan con el sudor de la frente, sin añadir el de comerlo impregnado con vinagrillos de toilette!

Otra cosa. ¿Ya está seguro Aldhara de que la costumbre de ofrecer aceitunas en la punta del tenedor no se haya desterrado, no por no tomarlas el que las acepta con los dedos, sino por no tomarlas el que las ofrece con el tenedor?

Aldhara condena, y con razón, que del azafate (corbeille) o platillo donde se hallen las aceitunas, las tomemos con los instrumentos naturales. Los tales instrumentos son, en efecto, de uso absolutamente personal, lo cual creo que no pueda ponerse en duda.

Otrosí, digo que siento tener que separarme de la opinión de Aldhara en punto a los espárragos. A mí me parece que ha de ser más fácil mancharse la pechera tomándolos a tenedor, útil que creo que no hace falta usar, porque los espárragos, ni han de ensuciar los dedos, ni aun la servilleta con que después nos los enjuguemos. En cuanto a lo de quemarse, que también alega dicho señor, es una razón más en apoyo de lo que defiendo. Porque, si al echar los dedos los espárragos queman, los dejamos, y en paz. Pero, si después de cogidos con tenedor o a tenacilla, como Aldhara propone, los elevamos a la boca sin saber si queman o no, y resulta que efectivamente queman, o se abrasa uno la boca o los echa de ella. ¡Uf!

Creo también, como el Dr. Thebussem, que nunca debe elevarse a la boca el cuchillo, y el temor de la eterna zurdería que se le ocurre a Aldhara no lo tengo por muy fundado. La mano izquierda es tan hábil como la derecha, sólo que los hombres solemos empeñarnos en que no lo sea. En cuanto le confiamos cualquier cosa, acude solícita su destreza.

La mano izquierda rige y gobierna el caballo, así en el combate como en el paseo, y corre y salta veloz por los mástiles de los instrumentos de cuerda y por las octavas bajas del piano. En el juego de pelota clásico, en el juego a mano, el pelotari que no maneja la izquierda tan bien o aun mejor que la derecha, es un trauski, no vale para nada. ¿Y la mano izquierda del matador de toros? A la mano izquierda corresponde de derecho el tener el cigarrillo de papel, el uso y aun el abuso del cual es donaire exclusivo de la raza española. ¿Por qué, pues, no hemos de confiar el manejo del tenedor a la mano izquierda, si así conviene?

Estoy muy conforme también con el Doctor en que los ingleses finos son modelos de buen comer.

He visto a damas inglesas limpiar, sin auxilio de tenedor ni cuchillo, los huesos de la perdiz por modo admirablemente pulcro y silencioso, sin abrillantarse los labios ni los dedos, ni tanto siquiera como lo que aljofara un rocío de mayo los cálices de las rosas, y sin enseñar los dientes más de lo que permite una razonable coquetería.

Ya de antiguo eran los ingleses hábiles en la mesa. Así lo vemos en una Old Song:

Courteous he was, lowly and serviceable
And carved before his father at the table. (1)

Y en los tiempos modernos, ahí tenemos la guapeza y limpieza con que engulleron a Gibraltar, hueso que los españoles no podemos roer.

Óscar Rochelt

Bilbao, y febrero de 1892

(1). "Era cortés, humilde y servicial; y cortaba la carne para su padre antes de las comidas".
En el prólogo general de Los cuentos de Canterbury leemos estos versos en la descripción de las cualidades del joven escudero (vv. 101-102):
Courteous he was, lowly and serviceable,
And carved to serve his father at the table.
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